Y se armó el parampampam

25.09.2026

El 22 de septiembre se celebra el Día de Nuestra Señora de las Mercedes, patrona de los privados de libertad. En las cárceles venezolanas era habitual que alrededor de esa fecha se produjeran algunas libertades, beneficios o medidas especiales. En 1999 ocurrió lo mismo en Yare, pero entre quienes abandonaron la prisión había algunos líderes negativos de la población reclusa.

En una cárcel, como en casi cualquier organización humana, los vacíos de poder duran poco. Cuando desaparece quien ocupa una posición de liderazgo, alguien intenta ocuparla. Y en un lugar donde la autoridad se construye muchas veces mediante la violencia, la lucha por ocupar esos espacios puede ser especialmente sangrienta.

Eso fue exactamente lo que comenzó a ocurrir.

Los primeros muertos

El sábado 25 de septiembre parecía inicialmente otro día en el Centro Penitenciario de Yare. Marcos Loup llevaba poco tiempo como director y todavía estaba intentando recuperar una institución que durante mucho tiempo había permanecido prácticamente en manos de los propios reclusos.

Aquella tarde mataron a un interno. No era algo que pudiera considerarse extraordinario en una prisión con semejantes niveles de violencia, pero poco después apareció otro muerto. Dos homicidios en pocas horas comenzaban a indicar que aquello podía ser algo más que dos enfrentamientos aislados.

El jefe de régimen conocía mucho mejor que Marcos los códigos internos de la cárcel y se lo advirtió. Había algo extraño. Conocía a los presos y tenía la impresión de que aquello no había terminado.

Tenía razón.

Cuando comenzó el parampampam

Ya entrada la noche, un grupo numeroso de reclusos se dirigió hacia el pabellón 3C. Los hombres que estaban dentro comprendieron lo que venía y se encerraron. Aquello no iba a ser una discusión ni una pelea entre dos personas. Era un ataque contra todo un grupo.

Los atacantes dispararon contra el pabellón. Los de dentro respondieron como pudieron y se atrincheraron mientras la situación escalaba rápidamente. Entonces apareció algo que da una idea bastante precisa del tipo de cárcel de la que estamos hablando: alguien lanzó una granada contra la puerta.

La explosión permitió romper la resistencia de la entrada y quienes estaban dentro comprendieron que, si los atacantes conseguían penetrar, probablemente no saldrían vivos. Ya no tenían demasiadas alternativas. Arrancaron las rejas de una ventana y comenzaron a lanzarse al vacío para escapar.

Abajo tampoco estaban a salvo. Algunos de los que no consiguieron escapar quedaron atrapados en medio de una multitud que buscaba venganza y fueron atacados a puñaladas. Cuando los agresores se asomaron por la ventana para intentar rematar con armas de fuego a quienes habían saltado, un guardia nacional desde una garita elevada disparó para disuadirlos y consiguió evitar que continuaran atacándolos.

Una cárcel sin médico 

La Guardia Nacional hizo ingresar una escuadra de fusileros para apoyar a los custodios y permitir el rescate de los heridos. Había no menos de veinte, principalmente con esguinces, contusiones y heridas producidas durante la caída. El siguiente problema era casi absurdo para una institución que albergaba a miles de personas: en la cárcel no había médico ni enfermero que pudiera atenderlos. Fueron los sanitarios militares quienes comenzaron a prestarles asistencia.

Tampoco podían devolver a los heridos a la torre. Se decidió entonces utilizar el autobús destinado al traslado de presos a los tribunales como lugar provisional de reclusión. Estaba completamente enrejado, podía mantenerse bajo vigilancia y, en aquellas circunstancias, era lo que había disponible.

Mientras atendían a los heridos se escucharon seis fuertes golpes. Eran los cuerpos de seis reclusos que no habían conseguido escapar. Fueron trasladados a la enfermería mientras se esperaba la llegada de los funcionarios encargados de las actuaciones correspondientes.

Después había que entrar

El enfrentamiento podía haber terminado, pero el problema no. Había armas dentro de la torre, se había utilizado incluso una granada y era necesario recuperar el control y realizar una requisa.

Marcos no podía ordenar a sus hombres que entraran y quedarse tranquilamente en su despacho esperando el resultado. Si sus custodios iban a entrar, él también entraría.

La Guardia Nacional aportó los fusileros y comenzó la operación. Aquello estaba muy lejos de una requisa rutinaria. La prisión acababa de vivir un enfrentamiento con muertos y decenas de heridos, los reclusos disponían de armas de fuego y nadie podía saber exactamente qué iban a encontrar al avanzar.

En determinado momento comenzaron a recibir disparos desde una de las torres. El peligro dejó de ser una posibilidad y se convirtió en algo perfectamente concreto.

Entonces el oficial al mando de los efectivos de la Guardia Nacional decidió enviar un mensaje que no necesitaba demasiadas explicaciones. Ordenó a un francotirador que disparara contra una botella situada en la torre.

El tirador la hizo volar.

El mensaje era sencillo: sabemos desde dónde están disparando, podemos alcanzarlos y el próximo disparo no tiene por qué ir contra una botella.

No hizo falta explicar mucho más.

Recuperar el control

Lo ocurrido aquel 25 de septiembre mostraba con bastante crudeza el problema que Marcos había recibido pocas semanas antes. La cárcel no estaba simplemente desordenada. Dentro existían estructuras de poder propias, circulaban armas de fuego, aparecían granadas y los conflictos entre grupos podían transformarse en cuestión de horas en verdaderas operaciones armadas.

También empezaba a quedar claro que recuperar Yare no iba a consistir solamente en cerrar puertas, imponer horarios o escribir nuevas normas. Había que reconstruir una autoridad que prácticamente había desaparecido y hacerlo frente a personas que estaban acostumbradas a resolver sus disputas mediante la fuerza.

Poco después, una de las granadas incautadas durante aquellas actuaciones generaría además otra decisión importante. Marcos ordenó documentar la incautación y comunicarla a distintas autoridades. No quería que el trabajo de sus custodios desapareciera dentro del propio sistema. Más adelante descubriría incluso que una misma arma había sido incautada por la custodia penitenciaria en tres fechas distintas y entregada cada vez a la Guardia Nacional, para terminar regresando nuevamente a manos de los reclusos.

Aquello permitía entender hasta qué punto era complejo el problema. No bastaba con quitarles las armas a los presos si alguien se encargaba después de devolvérselas.

El 25 de septiembre de 1999, sin embargo, todo aquello todavía estaba empezando. Para Marcos, aquella noche fue una demostración bastante clara de lo que significaba dirigir Yare.

Dos muertos por la tarde habían sido solamente el aviso.

Después se armó el parampampam.

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