Venezuela sin líderes de guerra

23.07.2026

No es lo mismo dirigir un país en tiempos de prosperidad que hacerlo en momentos de guerra. Pero el concepto de guerra no debe entenderse únicamente en términos militares. También existen guerras políticas, institucionales o económicas: crisis profundas en las que el destino de una nación puede decidirse en pocos años.

En esos momentos la historia exige un tipo particular de liderazgo: el liderazgo de guerra.

Un líder de guerra debe poseer cualidades poco comunes. Debe tener valor personal, claridad estratégica y la osadía necesaria para tomar decisiones que sabe que tendrán un costo. A veces un costo político, a veces económico y, en las situaciones más extremas, incluso un costo en vidas humanas.

La pusilanimidad destruye las posibilidades de éxito. Ningún gran líder en momentos críticos se ha quedado inmóvil esperando que los acontecimientos se resuelvan por sí solos. En los momentos decisivos de la historia siempre aparece alguien dispuesto a actuar.

He citado muchas veces a dos personajes muy distintos. Uno es alguien a quien admiro profundamente, aunque reconozco que tuvo grandes defectos: Winston Churchill. El otro, es alguien a quien desprecio, pero a quien debo reconocerle un mérito en un momento decisivo: Joseph Stalin.

Churchill asumió el gobierno británico en uno de los momentos más oscuros de la Segunda Guerra Mundial, cuando Francia se derrumbaba ante la ofensiva alemana y el Reino Unido parecía quedar solo frente al poder militar de Adolf Hitler.

Comprendió inmediatamente la magnitud del desafío. No prometió victorias fáciles ni soluciones rápidas. Por el contrario, dijo a su pueblo que solo podía ofrecer "sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor". Era una advertencia brutalmente honesta: ganar esa guerra exigiría sacrificios enormes.

Y esos sacrificios llegaron. Ciudades bombardeadas, miles de muertos y años de sufrimiento. Pero Churchill sabía que la alternativa era peor: rendirse y permitir que el nazismo dominara Europa.

El otro episodio ocurrió en la Unión Soviética. Durante la guerra, los alemanes propusieron un intercambio de prisioneros: el mariscal Friedrich Paulus, capturado en la Batalla de Stalingrado, por Yakov Dzhugashvili, hijo de Stalin, que había sido capturado por los alemanes.

La propuesta fue comunicada por el ministro de Relaciones Exteriores, Vyacheslav Molotov.

Stalin se negó.

Según el propio Molotov, después de la reunión, Stalin se retiró profundamente afectado. Cuando Molotov fue a verlo a su despacho lo encontró llorando. Le preguntó por qué no había aceptado el intercambio, porque todos habrían comprendido que quisiera salvar a su hijo.

La respuesta de Stalin fue simple y brutal: ¿cómo puedo pedirle a los rusos que sacrifiquen a sus hijos si yo busco privilegios para salvar al mío?

Su hijo murió en cautiverio.

Ese es el peso del liderazgo de guerra.

La historia también ofrece el ejemplo contrario. Neville Chamberlain creyó que podía evitar la guerra mediante concesiones a Hitler. Su política de apaciguamiento permitió que Alemania se fortaleciera cada vez más.

Probablemente pensó que estaba evitando un conflicto. En realidad, estaba posponiéndolo… y haciéndolo inevitablemente más devastador.

El resultado fue la Segunda Guerra Mundial: seis años de guerra y decenas de millones de muertos.

Hoy conocemos esas lecciones históricas.

Sabemos lo que ocurre cuando los dirigentes carecen de coraje frente a un enemigo decidido.

Y esa es precisamente la pregunta que debemos hacernos al mirar la política venezolana.

Porque el chavismo no es simplemente un adversario político. Es un enemigo de la libertad. Un enemigo del sistema de libertades.

Frente a un enemigo así, la pusilanimidad no conduce a la paz. Conduce a la derrota.

Por eso la pregunta final es inevitable:

¿Existe hoy en Venezuela un solo político que merezca el título de líder de guerra?

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