Venezuela no tiene futuro, por lo menos por el momento

23.07.2026

Venezuela arrastra desde hace décadas —e incluso desde su nacimiento como república— dos rasgos profundamente arraigados en su cultura política: el caudillismo y el mesianismo. No se trata de fenómenos circunstanciales ni de desviaciones recientes, sino de patrones estructurales que han condicionado la forma en que se concibe el poder y la relación entre gobernantes y sociedad. En América Latina, el caudillismo ha sido históricamente una forma de ejercicio personalista del poder basada en el liderazgo carismático y la adhesión emocional de las masas, y Venezuela no ha sido la excepción.

Concepto

El venezolano ha tendido a buscar un líder al cual seguir, a quien se le atribuyen cualidades casi providenciales y frente al cual la crítica no solo es mal vista, sino abiertamente rechazada. Esa relación no es política en el sentido republicano del término, sino emocional. Se construye sobre la identificación, la lealtad y, en muchos casos, la devoción. En ese contexto, el concepto de ciudadanía nunca ha terminado de consolidarse.

Un ciudadano no es simplemente alguien que habita un territorio. Es alguien que asume responsabilidades frente a su comunidad y actúa en consecuencia. Es quien entiende que el bien común no es una abstracción, sino una construcción diaria en la que participa activamente. Sin embargo, en Venezuela esa lógica ha sido sustituida por una relación de dependencia con el líder político de turno, en la que se espera que sea este quien resuelva, decida y, en última instancia, defina el destino colectivo.

Durante años, criticar a Hugo Chávez era prácticamente imposible sin ser objeto de descalificaciones automáticas: "pitiyanki", "fascista", "escuálido". No importaban los argumentos ni la solidez de las ideas; la respuesta no era racional, sino identitaria. Ese patrón no desapareció con el chavismo, sino que se reprodujo en otros espacios políticos. Durante el interinato, cuestionar a Juan Guaidó generaba reacciones similares, donde la crítica era respondida con etiquetas antes que con argumentos.

Hoy el fenómeno persiste. En torno a la figura de María Corina Machado se observa una dinámica comparable: la crítica suele ser respondida con ataques personales o descalificaciones automáticas, incluso altamente groseras, lo que evidencia que el problema no es el líder en particular, sino el patrón cultural que se repite.

Un país en el que los líderes no pueden ser criticados es un país donde los líderes no rinden cuentas. Y donde no hay rendición de cuentas, la corrupción, la ineficiencia y el fracaso no tienen consecuencias reales. En cualquier sistema democrático funcional, el liderazgo implica responsabilidad, y quien ejerce poder debe poder ser cuestionado, no solo por sus adversarios, sino también por quienes lo apoyan.

Exigir transparencia, coherencia, responsabilidad y resultados no es una traición. Es la base misma de la ciudadanía. Sin embargo, en Venezuela esa exigencia ha sido sustituida por una lealtad acrítica que ha permitido normalizar la falta de explicaciones, la ausencia de resultados y la opacidad en la conducta de quienes aspiran a liderar.

Se ha aceptado incluso que las promesas políticas no se cumplan, al punto de que existe una expresión popular que lo resume con crudeza: "promesa de político". Es cierto que las circunstancias pueden cambiar y dificultar el cumplimiento de ciertos objetivos, pero cuando no existe ni siquiera una intención visible de avanzar en esa dirección, el problema deja de ser de contexto y pasa a ser de credibilidad.

Mientras esta lógica no cambie, Venezuela seguirá atrapada en un ciclo repetitivo en el que un caudillo sustituye a otro y un mesías es reemplazado por el siguiente. No habrá ciudadanos, sino seguidores y un país de seguidores no tiene capacidad de construir instituciones sólidas ni de sostener un proyecto de futuro.

Por eso, afirmar que Venezuela no tiene futuro —al menos por el momento— no es una exageración, sino una conclusión incómoda basada en su realidad política y cultural.

Si ese futuro quiere construirse, el cambio no comenzará en el poder, sino en la sociedad. El día en que el venezolano deje de buscar líderes a quienes adorar y empiece a comportarse como ciudadano, ese día comenzará realmente la transformación del país.

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