Venezuela no necesita otro gobierno, necesita otro estado

17.09.2026

Durante su historia republicana, Venezuela ha sufrido revoluciones, golpes de Estado, dictaduras, guerras civiles y cambios políticos violentos. Han caído gobiernos y regímenes enteros. Algunas instituciones republicanas han sido suspendidas, deformadas o destruidas y posteriormente reconstruidas.

Pero Venezuela continuaba existiendo.

Existía una nación que se reconocía a sí misma como tal. Existía un Estado que, mejor o peor, ejercía autoridad sobre su territorio. Y existía una República que podía resultar herida por una dictadura o una revolución, pero que conservaba suficientes elementos como para reconstruirse cuando cambiaban las circunstancias políticas.

Después de más de un cuarto de siglo de chavismo, el problema es diferente.

Durante años hemos hablado de la necesidad de cambiar el gobierno. Era lógico: mientras quienes destruyeron el país continuaran controlando sus instituciones, cualquier reconstrucción resultaba imposible. Pero esa formulación terminó quedándose corta.

Venezuela ya no necesita simplemente otro gobierno. Necesita reconstruir el Estado, recuperar la República y reparar incluso parte de aquello que nos permitía reconocernos como nación.

En 1958 todavía había una República

Existe una tentación de comparar cualquier transición futura con el 23 de enero de 1958. Cuando cayó Marcos Pérez Jiménez tampoco estaba garantizada la estabilidad democrática. Rómulo Betancourt tuvo que enfrentar conspiraciones, intentos de golpe, insurgencia y una enorme conflictividad política.

Pero existe una diferencia fundamental.

No hace falta convertir al perezjimenismo en algo que no fue. Fue una dictadura: hubo persecución política, presos, torturas, ausencia de libertades y corrupción. También fue un régimen desarrollista que realizó importantes obras públicas y dejó una infraestructura que el país continuó utilizando durante décadas.

Cuando Betancourt asumió la Presidencia recibió una República con problemas.

La administración pública existía. Las Fuerzas Armadas existían. Los tribunales existían. El Estado controlaba su territorio. La economía funcionaba. Había infraestructura. Existía un sistema educativo. Venezuela mantenía su cohesión social y, sobre todo, seguía existiendo una nación venezolana reconocible.

Betancourt no tuvo que inventar nuevamente a Venezuela.

Quien tenga que gobernar después del chavismo recibirá algo cualitativamente distinto.

No deberá solamente gobernar el Estado. Tendrá que reconstruirlo mientras intenta gobernarlo.

Cuando el Estado deja de ser Estado

Un Estado no existe porque tenga un presidente, un palacio de gobierno, ministerios y una bandera ondeando frente a los edificios públicos. Una de sus condiciones fundamentales es ejercer efectivamente su autoridad sobre el territorio.

Venezuela llegó a perder parcialmente incluso eso.

El caso de "El Coqui" en El Cementerio hace poco tiempo, se convirtió en una demostración brutal de hasta dónde podía llegar el fenómeno. Una organización criminal llegó a ejercer un poder de facto en sectores de la propia capital y durante determinados momentos las fuerzas policiales tuvieron enormes dificultades para ingresar y ejercer allí normalmente la autoridad del Estado.

Algo semejante ocurrió en Petare con "Wilexis". Los pranes y sus organizaciones criminales llegaron a controlar sectores desde los cuales podían enfrentar a los cuerpos policiales e incluso atacar unidades que transitaban por importantes vías caraqueñas.

Y Caracas es solamente la parte más visible.

En diferentes regiones han operado megabandas, grupos guerrilleros colombianos, organizaciones irregulares y estructuras criminales capaces de ejercer distintas formas de control territorial.

Cuando un gobierno no puede ingresar libremente a una parte de su territorio y ejercer allí la ley, mientras otro grupo armado establece las reglas, cobra, castiga y decide quién entra y quién sale, ya no estamos hablando simplemente de delincuencia.

Estamos hablando de una fragmentación de la autoridad del Estado.

En algunos países africanos esa degradación llegó al extremo de que una empresa interesada en operar en determinada región debía negociar no con el gobierno formal, sino con el señor de la guerra que realmente controlaba el territorio.

Venezuela no necesita llegar a ese extremo para comprender la advertencia.

Antes de reconstruir cualquier República habrá que conseguir algo elemental: que el Estado vuelva a ejercer el poder legítimo en cada metro de su territorio.

Cuando las instituciones aprenden a funcionar mal

El problema tampoco termina recuperando territorio.

Una institución puede conservar el nombre, el edificio, los funcionarios y los sellos y, sin embargo, haber perdido aquello que justificaba su existencia.

Tribunales, fiscalías, policías y oficinas administrativas venezolanas han sido penetrados durante décadas por prácticas de corrupción. Colegas que continúan ejerciendo el Derecho me describen una realidad en la cual numerosos trámites difícilmente avanzan sin pagos informales. Conocí personalmente, incluso durante mis años como preso político, casos de personas que afirmaban haber sido víctimas de extorsiones policiales: pagar para que un expediente desapareciera o terminar enfrentando un proceso que sostenían que había sido fabricado precisamente porque se negaron a pagar.

No afirmo que todo funcionario sea corrupto. Sería absurdo e injusto.

El problema es mucho más grave: la corrupción dejó de ser necesariamente una anomalía del sistema y en numerosos espacios terminó convirtiéndose en parte de su funcionamiento.

Y eso plantea un dilema gigantesco para cualquier reconstrucción.

Las personas que actualmente trabajan dentro de esas instituciones poseen conocimientos que necesitaremos. Saben cómo funciona un tribunal, una fiscalía, un ministerio, una policía, una gobernación o una empresa pública. Despedir indiscriminadamente a todo el mundo significaría perder buena parte de la memoria institucional que todavía queda.

Pero conservar intactas esas estructuras significa conservar también personas y prácticas que aprendieron a beneficiarse precisamente de su deformación.

Habrá que reconstruir las instituciones sin destruir el conocimiento necesario para reconstruirlas.

No será sencillo.

Cuando robar deja de avergonzar

Existe además una destrucción mucho más difícil de reparar porque no necesita edificios ni presupuestos.

La moral pública.

Durante buena parte de nuestra historia fue frecuente escuchar aquella expresión del «pobre pero honrado». Nunca me ha gustado demasiado. Ser pobre no convierte a nadie en honrado y ser honrado no debería condenar a nadie a la pobreza.

Pero detrás de aquella expresión existía algo valioso: la honestidad era considerada motivo de orgullo incluso cuando no producía riqueza.

El chavismo contribuyó a modificar profundamente esos incentivos.

El propio Hugo Chávez llegó a justificar públicamente que una persona con hambre robara para comer, planteando incluso que él mismo lo haría en esas circunstancias. El mensaje parecía compasivo, pero encerraba una idea peligrosísima: determinadas circunstancias podían convertir el delito en algo moralmente aceptable.

El problema es que las fronteras morales rara vez permanecen exactamente donde alguien pretende colocarlas.

Al mismo tiempo se desarrolló un gigantesco sistema clientelar en el cual una parte no despreciable de la población aprendió a depender de dádivas, subsidios, empleos públicos y favores distribuidos desde el poder. No todos quienes reciben ayuda pública son clientela política, naturalmente. El problema aparece cuando la dependencia se utiliza deliberadamente como instrumento de control.

Y mientras tanto apareció otro fenómeno todavía más inquietante: el delincuente como modelo de éxito.

Docentes de sectores populares han contado casos de niños que, preguntados sobre qué querían ser cuando crecieran, respondían que querían ser «malandros». La explicación resulta brutalmente racional desde los ojos de un niño: el malandro tiene dinero, motocicleta, mujeres, armas y poder.

Si el niño observa que quien estudia y trabaja continúa siendo pobre mientras quien delinque exhibe riqueza y respeto, el problema ya no es solamente policial.

Es cultural.

Y si simultáneamente observa funcionarios, policías, empresarios vinculados al poder, generales o altos jerarcas exhibiendo patrimonios imposibles de explicar mediante sus ingresos legales, aparece una pregunta todavía más destructiva:

¿Por qué debería ser honrado yo si quienes mandan tampoco lo son?

Una República no funciona solamente porque existan leyes. Funciona porque una cantidad suficientemente grande de ciudadanos considera normal cumplirlas.

Reconstruir esa normalidad puede resultar muchísimo más difícil que reconstruir una carretera.

Hasta la identidad fue utilizada políticamente

El chavismo tampoco se conformó con transformar el Estado. Intentó transformar los símbolos mediante los cuales los venezolanos nos reconocíamos.

Cambió la bandera. Modificó el escudo. Alteró incluso la representación oficial del rostro del Libertador. Bolívar dejó progresivamente de ser una figura histórica común a todos los venezolanos para convertirse en parte del aparato simbólico de una revolución que pretendía apropiarse de él.

Simultáneamente se construyó una identidad política basada en la división.

El adversario dejó de ser simplemente alguien que pensaba diferente. Era «pitiyanqui», «fascista», «imperialista», enemigo del pueblo o agente de intereses extranjeros.

Durante años se intentó identificar patria con revolución.

Y cuando un proyecto político pretende apropiarse de la nación, inevitablemente termina excluyendo de ella a quienes no pertenecen al proyecto.

Una República democrática necesita exactamente lo contrario.

Necesita que todos puedan disputar ferozmente el poder y, simultáneamente, reconocerse como integrantes de una misma nación.

Eso también habrá que reconstruirlo.

Hay una frase que, si mal no recuerdo, pertenece a Daniel Lara Farías:

«Venezuela ya no es un país, sino un terreno lleno de gente».

Es deliberadamente brutal.

Pero después de todo lo ocurrido merece al menos que nos hagamos la pregunta.

Cuando las instituciones dejan de funcionar, el Estado pierde capacidad de controlar partes de su territorio, millones de personas abandonan el país, los símbolos nacionales se convierten en instrumentos partidistas y la pertenencia política comienza a pesar más que la identidad común, ¿cuánto queda de aquello que convierte a una población en una comunidad nacional organizada?

Venezuela continúa existiendo.

Pero no podemos limitarnos a reconstruir sus edificios.

Necesitamos elecciones aburridas

Hay una forma mucho más sencilla de explicar la República que debemos reconstruir.

Las elecciones estadounidenses se celebran un martes. La gente vota antes de trabajar, después de trabajar o cuando puede hacerlo y continúa con su vida. Las escuelas, empresas y comercios, con las particularidades locales que correspondan, no convierten automáticamente la jornada electoral en una paralización nacional.

En Argentina las elecciones nacionales se celebran un domingo. He vivido procesos electorales allí e incluso he sido autoridad de mesa. Las escuelas utilizadas como centros de votación naturalmente alteran su funcionamiento, pero la sociedad no se prepara para una catástrofe dependiendo de quién gane.

En Venezuela existía desde mucho antes del chavismo una costumbre bastante peculiar.

Cuando llegaban las elecciones muchas familias guardaban agua, compraban algo más de comida, retiraban efectivo o procuraban tener combustible.

«Por si acaso».

Después llegaban las elecciones, se conocía el resultado y generalmente no ocurría nada.

Era un temor antiguo convertido casi en costumbre.

El chavismo consiguió algo extraordinariamente perverso: convirtió aquella vieja costumbre en una precaución racional.

Hoy existen razones reales para preguntarse qué ocurrirá después de unas elecciones: quién reconocerá el resultado, qué harán quienes controlan las armas, cómo reaccionarán los grupos irregulares, si habrá violencia, persecución o ruptura institucional.

Por eso Venezuela necesita algo aparentemente insignificante y extraordinariamente importante.

Necesitamos volver a tener elecciones aburridas.

Elecciones en las cuales discutamos, nos insultemos, hagamos campaña, celebremos cuando ganemos y nos enfurezcamos cuando perdamos.

Y después nos vayamos a dormir.

Sin almacenar agua.

Sin retirar dinero.

Sin comprar comida de más.

Sin preguntarnos qué harán los militares.

Sin llamar a nuestros hijos para decirles que regresen temprano porque no sabemos qué puede pasar.

Reconstruir la República

El próximo gobierno venezolano tendrá una tarea monumental.

Habrá que recuperar electricidad, agua, carreteras, hospitales, escuelas y petróleo. Habrá que reconstruir tribunales, fiscalías, policías, Fuerzas Armadas, administración pública y autoridades electorales. Habrá que recuperar el control efectivo del territorio y desmontar estructuras criminales que durante años aprendieron a coexistir, infiltrarse o negociar con el poder.

Pero habrá que hacer algo todavía más difícil.

Habrá que conseguir que trabajar honestamente vuelva a resultar más conveniente que conocer a la persona adecuada. Que un funcionario considere vergonzoso cobrar por hacer aquello por lo que ya recibe un salario. Que un policía vuelva a ser visto como representante de la ley y no como alguien de quien quizá sea necesario protegerse. Que un niño quiera ser médico, mecánico, empresario, maestro, ingeniero o policía antes que malandro.

Habrá que conseguir que el venezolano vuelva a confiar en las instituciones y, eventualmente, que vuelva a confiar en los demás venezolanos.

Nada de eso ocurrirá el día en que cambie quien ocupa Miraflores.

Cambiar un gobierno puede tomar horas.

Reconstruir un Estado tomará años.

Reconstruir una República probablemente tomará una generación.

Y reconstruir la confianza de una nación puede tomar todavía más.

Algún día Venezuela celebrará nuevamente unas elecciones presidenciales y nadie llenará recipientes con agua, acumulará comida ni retirará efectivo por temor a lo que pueda ocurrir.

Votaremos.

Unos ganarán y otros perderán.

Discutiremos el resultado.

Y al día siguiente iremos a trabajar.

Ese día unas elecciones habrán vuelto a ser solamente unas elecciones.

Y la transición venezolana habrá terminado cuando podamos cambiar de presidente sin poner en peligro la República.

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