¿Por qué los personajes de Techos Rojos no tienen sus nombres reales?

06.09.2026
Quien conozca suficientemente bien la historia reciente de Venezuela probablemente comenzará a experimentar algo curioso mientras lee Techos Rojos, Abismo Rojo. En algún momento aparecerá un personaje y pensará: «Yo sé quién es este». No es una casualidad.


Cuando comencé a escribir Techos Rojos, decidí que muchos de sus personajes estarían inspirados en personas que había conocido realmente. Algunas habían participado conmigo en los acontecimientos que estaba narrando. Otras pertenecían al mundo militar, policial, penitenciario, político o de inteligencia venezolano. Pero no quería utilizar sus nombres.

 

Personas reales, personajes distintos


La primera razón era bastante sencilla: no quería comprometer innecesariamente a nadie. Que un personaje esté inspirado en una persona real no significa necesariamente que absolutamente todo lo que haga, diga o piense en una novela deba atribuirse a esa persona. Necesitaba cierta libertad para construir la narración y, por eso, cambié los nombres.


Pero tampoco hice demasiado esfuerzo por ocultarlos. De hecho, algunos de quienes inspiraron personajes de Techos Rojos podrían comenzar leyendo, encontrarse con un nombre que curiosamente se parece al suyo, continuar unas páginas, reconocer determinadas características y acabar pensando: «Este soy yo». Probablemente tengan razón.


Cuando aparecieron los personajes públicos


A medida que avanzaba la historia surgió otro problema. Era imposible contar aquellos años de Venezuela sin que aparecieran personajes públicos perfectamente reconocibles. Presidentes, ministros, militares, dirigentes políticos y funcionarios formaban parte de los acontecimientos. Podía comenzar a utilizar sus nombres reales, pero habría roto la lógica que ya había establecido con el resto de los personajes.


Entonces recordé Estefanía. La célebre telenovela venezolana, protagonizada por Pierina España y José Luis Rodríguez, transcurría durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y utilizaba un recurso parecido: personajes que remitían a figuras históricas reconocibles, pero cuyos nombres habían sido modificados.


Decidí hacer algo similar y establecí una regla bastante sencilla. Siempre que fuera posible conservaría las iniciales, alguna semejanza fonética, las primeras sílabas o incluso el origen étnico del apellido. Y mantendría algo todavía más importante: el personaje ocuparía el lugar que correspondía a la persona real dentro de la historia.


Hugo Chávez Frías se convierte en Humberto Chaparro Freitas


Probablemente el ejemplo más evidente sea el comandante Humberto Chaparro Freitas. No hace falta conocer demasiado la historia venezolana para descubrir quién está detrás: Humberto Chaparro Freitas, Hugo Chávez Frías. Las mismas iniciales, una estructura semejante y, sobre todo, el mismo lugar dentro de los acontecimientos que se están narrando.


El nombre cambió, pero el personaje histórico resulta bastante más difícil de esconder. Y nunca pretendí realmente esconderlo.


A veces lo ficticio es solamente el nombre


Esto conduce a una diferencia importante: que los nombres sean ficticios no significa que las personas o los acontecimientos también lo sean. El general Álvarez Marcano, por ejemplo, aparece en la novela como jefe de Estado Mayor de la Guardia Nacional.


En uno de los momentos de incertidumbre del 11 de abril, Giovanni Varone y Marcos llegan a la Comandancia de la Guardia Nacional. Álvarez Marcano los recibe y, ante la confusión existente, prácticamente los manda a desaparecer de allí porque está ocurriendo algo que ni siquiera él sabe exactamente qué es.


Aquella conversación no nació de mi imaginación. Según el relato que recibí directamente de la persona en quien está inspirado Giovanni Varone, aquellas palabras fueron pronunciadas realmente y precisamente por eso merecían estar en el libro. En pocas frases retratan algo que resulta difícil explicar décadas después: el nivel de desconcierto que existía incluso dentro de los propios cuarteles mientras Venezuela atravesaba aquellas horas.


Camero Kadar y otros personajes reconocibles


Otro ejemplo es el general Camero Kadar, viceministro de Seguridad en la novela. Nuevamente cambia el nombre, pero se mantienen el cargo y el contexto en el que aparece.


Para un lector que simplemente busca una historia, Camero Kadar funciona como cualquier otro personaje. Para alguien que conoció aquella época —y mucho más para quien conoció personalmente a sus protagonistas— las pistas son suficientes. Ese doble nivel de lectura me interesa especialmente.


Hasta una contestadora telefónica puede ser real


Hay detalles todavía más pequeños que probablemente cualquier lector asumiría que fueron inventados para darle color a la narración. No necesariamente. En determinado momento, Giovanni Varone hace referencia al mensaje que tenía en su contestadora telefónica el comandante del Regimiento de Policía Militar. El mensaje puede parecer una pequeña ocurrencia del escritor, pero no lo es: es rigurosamente cierto. Estaba allí.


Y hay casos todavía más extremos. El hombre gordo que aparece al comienzo del libro corriendo con una bandera y gritando «¡Gracias, Dios mío!» también existió. No era un dirigente político, un militar ni alguien relevante para la trama. Era simplemente una persona que estaba allí. Lo vi y terminó entrando en la novela.


Quizá sea uno de los mejores ejemplos de cómo está construido Techos Rojos: incluso algunos personajes que parecen haber sido colocados únicamente para darle vida a una escena proceden de personas y momentos reales.


Ese tipo de detalles aparecen constantemente en Techos Rojos. Algunos grandes acontecimientos son perfectamente conocidos y forman parte de la historia venezolana. Otros episodios fueron vividos por las personas que inspiraron a los personajes. Y pequeñas anécdotas que parecen recursos narrativos proceden también de situaciones reales. Naturalmente, una novela exige ordenar, condensar y construir una narración, pero cambiar un nombre no convierte automáticamente en ficción lo que ocurre detrás de él.


Un pequeño juego para el lector


Todo esto termina creando un juego que nunca me molestó que existiera. Al contrario: quien conozca la historia venezolana puede intentar descubrir quién está detrás de cada personaje. Algunos son extremadamente fáciles; otros exigirán conocer bastante mejor aquellos acontecimientos; y habrá algunos que probablemente solo puedan identificar las personas que estuvieron allí, quizá incluso alguno de los propios protagonistas.


Por eso, mientras lee Techos Rojos, Abismo Rojo, puede hacerse una pregunta cada vez que aparezca un nuevo militar, político, policía, abogado o funcionario: ¿quién era realmente? Probablemente haya más respuestas de las que parece.


Porque en Techos Rojos cambié muchos nombres, pero no necesariamente la historia.


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