Podía matarlos, no hacía falta
17.09.2026

Hay momentos en los que una situación aparentemente normal cambia en cuestión de segundos. No hay tiempo para reuniones, consultas ni demasiadas reflexiones. Uno tiene que determinar qué está ocurriendo, evaluar el peligro y actuar con lo que tiene a mano. Después, cuando el peligro ha terminado, aparece una decisión diferente y quizá más importante: saber cuándo dejar de actuar.
En Techos Rojos, Abismo Rojo hay una escena de ese tipo durante algo tan poco extraordinario como un fin de semana en una casa de playa. No había cárceles, golpes de Estado ni grandes acontecimientos nacionales. Había amigos, una parrilla y una noche que prometía transcurrir tranquilamente. Hasta que alguien vio una sombra.
Una visita que nadie había invitado
Jania fue quien detectó primero algo extraño en los alrededores de la casa. Marcos observó y llegó a la conclusión de que aquel movimiento parecía humano. En lugar de salir inmediatamente a averiguar qué ocurría, entró en la casa, buscó su Browning, comprobó el arma, tomó un cargador adicional y les pidió a los demás que continuaran comportándose normalmente.
Marcos tampoco fue directamente hacia el lugar donde habían visto el movimiento. Si alguien estaba observándolos con malas intenciones, no tenía sentido aproximarse desde donde esperaban verlo aparecer. Rodeó la casa para acercarse por detrás y, entre los matorrales, encontró a dos jóvenes que evidentemente no estaban allí para disfrutar de la playa.
Los sorprendió antes de que pudieran reaccionar y los encañonó. Uno llevaba un chopo y el otro un chuzo. Ya no había demasiadas dudas acerca de sus intenciones ni tampoco sobre el riesgo que habrían podido representar para las personas que se encontraban dentro de la casa. Marcos los desarmó, los llevó hasta el patio trasero, los hizo tenderse boca abajo y los registró. Encontró documentos, dinero, un teléfono y una pequeña cantidad de cannabis.
El peligro había cambiado
Minutos antes, Marcos tenía delante a dos desconocidos armados y escondidos de noche alrededor de una casa donde se encontraban varias personas. No sabía exactamente qué pretendían hacer ni hasta dónde estaban dispuestos a llegar. En esas circunstancias, estaba preparado para utilizar su arma si resultaba necesario.
Pero ahora la situación era completamente diferente. Los dos hombres estaban desarmados, boca abajo y sometidos. El peligro que habían representado inicialmente había desaparecido y, con él, desaparecía también la necesidad de utilizar contra ellos una fuerza que ya no tenía ningún propósito.
Marcos podía haberlos matado. Él mismo lo explicaría después a sus amigos. Si hubiese tenido que disparar mientras estaban armados y constituían una amenaza para las personas que se encontraban en la casa, lo habría hecho. Pero una vez desarmados y controlados, matarlos ya no habría solucionado absolutamente nada que no estuviese solucionado.
Esa diferencia resulta importante para entender la escena. Una cosa es tener la capacidad y la disposición para ejercer violencia cuando resulta necesaria y otra muy distinta ejercerla simplemente porque existe la posibilidad de hacerlo. Marcos no necesitaba dos cadáveres. Necesitaba resolver el problema y el problema inmediato ya estaba resuelto.
Entonces decidió resolver otro.
Una amenaza puede servir sin ejecutarla
Aunque aquellos dos hombres ya no fueran peligrosos, Marcos tampoco quería que se marcharan pensando que simplemente habían tenido mala suerte y que podían intentarlo nuevamente al día siguiente. Si la fuerza física ya no tenía sentido, todavía podía utilizar otra herramienta: el miedo.
Los obligó a desnudarse y comenzó a construir deliberadamente una situación mucho más aterradora de lo que realmente estaba dispuesto a hacer. Habló de matarlos y hacer desaparecer los cuerpos con una tranquilidad que, para quienes estaban en el suelo escuchándolo, debía resultar bastante poco tranquilizadora.
Después llevó la representación todavía más lejos. Apuntó hacia los genitales de los dos hombres y comenzó a recitar «de tin marín», como si estuviera decidiendo a cuál de los dos iba a dispararle. Para ellos no había ninguna representación: no sabían que Marcos ya había decidido que no iba a matarlos ni que, desde el momento en que habían quedado desarmados, había dejado de considerarlos una amenaza.
Tampoco tenían ninguna razón para suponer que aquel hombre que acababa de sorprenderlos en la oscuridad estaba jugando con ellos. La situación resultó suficientemente convincente como para que uno de los dos terminara orinándose del miedo. Marcos consideró entonces que ya era suficiente y los echó de la casa. Los dos salieron corriendo desnudos.
La fuerza tiene un propósito
Después, cuando todo había terminado, Marcos pudo reírse de la situación y explicar a sus amigos algo que para él resultaba bastante sencillo. Podía haberlos matado, pero ¿para qué? Mientras estaban armados podían representar un peligro; una vez desarmados y sometidos, dejaron de representarlo. A partir de allí, ejercer más violencia ya no respondía a ninguna necesidad.
Eso no significaba que tuviera que dejarlos marchar como si nada hubiese ocurrido. La violencia había dejado de ser necesaria, pero el miedo todavía podía cumplir una función: conseguir que aquellos dos recordaran durante mucho tiempo lo ocurrido aquella noche y que, antes de volver a meterse en una casa ajena, pensaran cuidadosamente en la posibilidad de encontrarse otra vez con alguien que estuviera dispuesto a enfrentarlos.
Marcos bromeó después diciendo que probablemente los habían rescatado para el buen camino. No sé si llegó a tanto, pero sospecho que durante algún tiempo aquellos dos muchachos debieron pensarlo bastante antes de volver a esconderse entre unos matorrales para intentar robar una casa.
Lo que parece ficción
Esta es una de esas escenas de Techos Rojos, Abismo Rojo que fácilmente pueden parecer construidas por el escritor para definir al personaje. Tiene todos los elementos para serlo: una noche tranquila, dos delincuentes, una pistola, una aproximación por sorpresa, tensión, humor negro y un desenlace que parece pensado precisamente para explicar cómo funciona la cabeza de Marcos Loup.
Pero la historia no nació así. Como ocurre con tantas otras situaciones que aparecen en Techos Rojos, detrás de la escena hay un episodio real. La novela permite ordenar la narración, modificar nombres y convertir a las personas en personajes, pero muchas de las situaciones que parecen concebidas expresamente para construir a Marcos simplemente ocurrieron.
Quizá por eso funcionan tan bien dentro de la historia. Marcos estaba armado, había sorprendido a dos hombres que también estaban armados alrededor de la casa y estaba dispuesto a defender a las personas que estaban con él si resultaba necesario. Podía haber disparado mientras existiera una amenaza y estaba preparado para hacerlo.
Pero la amenaza terminó antes de que hiciera falta.
Y para Marcos Loup, esa diferencia importaba.
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