Venezuela nunca tuvo la oportunidad de ser libre

El milagro de Dunkerque y la voluntad de resistir
En 1940, cuando las fuerzas alemanas invadieron Francia en su "guerra relámpago", la Fuerza Expedicionaria Británica quedó atrapada en una bolsa cuyo centro era Dunkerque junto con un contingente de soldados franceses. En Inglaterra cundió la preocupación en el gabinete de guerra, trescientos mil soldados podían ser capturados por el enemigo, muchos de los cuales tenían experiencia, una pérdida que podría ser devastadora para la capacidad de Inglaterra de mantenerse en la lucha. No era difícil prever que, si Francia caía, lo cual no era descartable por cómo se iban desarrollando los acontecimientos, el siguiente paso para los germanos, era la invasión de las islas británicas, como efectivamente era, la "Operación León Marino"[1] existía y era el plan siguiente.
La Royal Navy, la marina más poderosa del mundo en ese momento, desplegó todo su potencial para la evacuación de las tropas cercadas, pero era insuficiente, los números eran claros, los soldados se perderían. Afortunadamente, se encontraban muy cerca del Estrecho de Dover o el Paso de Calais, como se le decía en inglés o en francés, respectivamente, al punto más angosto del Canal de la Mancha. Al Primer Ministro, Sir Winston Churchill se le ocurrió que había grandes cantidades de embarcaciones de recreo, pesca y deportivas que podían atravesar esa sección del mar, para rescatar a la Fuerza Expedicionaria Británica.
Todas las embarcaciones civiles capaces de navegar, se unirían a la evacuación del ejército, pero aún había un problema, el control aéreo de todo el sector, estaba más en manos de la Luftwaffe, que de la Royal Air Force. Pero esta improvisada y valiente flotilla, tuvo éxito, unos 337.000 soldados fueron rescatados, la mayoría británicos, pero también franceses, belgas, holandeses, todos los que se habían negado a rendirse cuando sus países habían sido invadidos.
Todos dijeron que
esta operación, la "Operación Dynamo" era un milagro, pero Churchill respondió "Las
guerras no se ganan con evacuaciones." Dunkerque fue una victoria moral,
pero solamente porque no fue un cataclismo, porque la única realidad, era que
los alemanes los arrojaron al mar y tenían la vía casi libre hasta París. La
caída de Francia se vislumbraba en el horizonte, Inglaterra no tenía capacidad
para enviar tropas al territorio continental, y aunque así fuese, el armamento
pesado había quedado en las playas de Dunkerque. De hecho, previendo la
inminente invasión de Inglaterra comenzaron a desempolvar cañones de la guerra bóer,
a finales del siglo XIX. Eran viejos, anticuados, desfasados, pero eran los
cañones disponibles para complementar a las unidades de artillería de campo.
Las guerras no se ganan con retiradas
Las palabras de Churchill eran una verdad universal del arte de la guerra. Toda operación que no concluya con la retirada del enemigo, no te acerca a la victoria. En el mejor de los casos, estás a la misma distancia que antes, después de haber pagado un precio en sangre. La única forma de ganar las guerras, es atacando. Es como el fútbol, los partidos se ganan haciendo goles, no conteniendo los del otro equipo. Si no juegas en la cancha del otro equipo, no estás amenazando su arco, y por lo tanto, no tienes posibilidad de ganar
Esta lección debe ser aprendida por los venezolanos. Venezuela, en su larga y dolorosa lucha contra el chavismo, nunca ha tenido una posibilidad real de ser libre porque la oposición política jamás aplicó esa verdad esencial y la resistencia tuvo miedo de aplicarla. Jamás se pasó al ataque. Durante años, se aferró a la idea de que la vía electoral era suficiente para vencer a un régimen que jamás fue democrático. Siempre la oposición fue reactiva, nunca proactiva. Y la Resistencia siempre tuvo miedo de ser tildada de violenta, además de ser permanentemente atacada por una oposición política complaciente, por decir lo menos, aunque el calificativo correcto debería ser "traidora".
Las reglas del juego siempre fueron impuestas por el chavismo. Esas reglas eran desbalanceadas, con un árbitro completamente parcializado, que avalaba todos los abusos e ilegalidades del chavismo, que excedía sus atribuciones para favorecer al chavismo. Y pese a eso, la oposición política siempre llamó a los venezolanos a ir al matadero, para poder legitimar al tirano Hugo Chávez y luego Nicolás Maduro.
La única elección ganada limpiamente por el chavismo, fue su primera elección presidencial, la del 6 de diciembre de 1998. Todas, de ahí en adelante, absolutamente sin excepción, carecen de legitimidad. No existía forma legítima de hacer un referéndum vinculante como el del 25 de abril de 1999. El referéndum se podía hacer, pero hacerlo vinculante, fue algo carente de sustento.
Para su eterna vergüenza, la Corte Suprema de Justicia, avaló la legitimidad del resultado vinculante, en oposición a lo establecido en la Constitución. De haber estado el máximo tribunal compuesto por gente digna, que hubiese decidido en base a lo establecido en la Carta Magna, el golpe de estado del 15 de diciembre de 1999, nunca habría sucedido.
La normativa para la elección de los diputados de la asamblea nacional constituyente, era absolutamente negadora de los principios constitucionales del respeto a los derechos de las minorías. Todo esto lo expliqué con claridad en mi libro "Techos Rojos, Abismo Rojo". La oposición jamás tuvo oportunidad alguna de lograr una representación en la asamblea nacional constituyente. Cuatro diputados no era una representación proporcional para la oposición.
El periodista venezolano Óscar Yanes, siempre certero, lo advirtió con claridad. Dijo: "No se puede vencer con métodos democráticos a un gobierno que no es democrático." Y lo ilustró con una anécdota poderosa: "el ñu y el toro se parecen mucho. Se puede torear a un toro, pero no se puede torear a un ñu. Y si se quiere torear a un ñu como se torea a un toro, el torero va a morir."
Esa es la esencia del problema: las armas democráticas no sirven contra un enemigo que no respeta las reglas de la democracia. Se necesita una estrategia distinta. La oposición venezolana, al no adaptarse, al insistir en pelear con instrumentos inadecuados, quedó condenada a una guerra de retiradas. Y como dijo Churchill, las guerras no se ganan con eso. Y eso, tomando como base, que realmente la oposición deseaba vencer, cosas por demás discutible.
Luchar sin tratar de vencer
Cuando en 2004 se planteó la convocatoria del referéndum revocatorio contra Hugo Chávez, el chavismo volvió a recurrir a todas sus prácticas de sabotaje institucional. Se cometieron múltiples irregularidades con el único fin de frustrar el proceso. Se inventaron normativas que no existían en la legislación electoral vigente, se aplicaron requisitos arbitrarios, se anularon firmas, se retrasó deliberadamente el cronograma. Todo fue parte de una estrategia para desactivar políticamente la presión ciudadana.
En ese contexto se inició la primera guarimba. Se pretendió entregar una correspondencia a los líderes políticos de otros países latinoamericanos que se encontraban presentes en el teatro Teresa Carreño. La Guardia Nacional reprimió con brutal ferocidad una marcha absolutamente pacífica. Esto desencadenó la respuesta. Esa misma noche se iniciaron las guarimbas, especialmente en Plaza Altamira, donde los estudiantes comenzaron a poner barricadas, quemar bolsas de basura y levantar alcantarillas.
La guarimba se extendió por otros sitios de la ciudad y no tardó en superar la capacidad represiva de la Guardia Nacional. En pocos días las reservas de material de control de motines se volvieron peligrosamente bajas. En ese momento, el tirano Hugo Chávez hizo una oferta a la oposición política, si se detenía la guarimba, se iniciarían conversaciones para evaluar la posibilidad de celebrar un referéndum revocatorio.
Ésta vacía promesa fue suficiente para la pusilanimidad política para forzar el levantamiento de la protesta. En ese momento, las existencias de material antimotines, se estimaban suficientes para 18 a 30 horas de operaciones, todo dependiendo de lo tranquila o agitada que pudiese ser la noche. Pasado ese lapso, las fuerzas represivas del estado, habrían tenido dos opciones, la primera era replegarse a sus cuarteles, dejando el control de la ciudad capital a la resistencia, lo cual habría sido una victoria resonante.
La segunda era aún más peligrosa, reprimir con blindados y fusiles. Esto fue lo que desencadenó los sucesos de abril del 2002. ¿Ocasionaría otra ruptura en las fuerzas armadas, que se negarían a reprimir? ¿O reprimirían a sangre y fuego? En caso de reprimir ¿La resistencia se dejaría reprimir y se replegaría? ¿O se estimularía la reacción violenta, ocasionando un baño de sangre? No se sabe, Pero lo cierto es que el régimen estaba contra las cuerdas. Y los políticos lo salvaron.
Cuando se llegó al referéndum revocatorio, ya era tarde. Ya el régimen había tenido tiempo de activar toda su maquinara, para el ventajismo y para el fraude. Todas las proyecciones preveían una ventaja para la oposición en una proporción de dos a uno. Sin embargo, repentinamente hubo un problema técnico, se amplió el horario de votaciones y al final el resultado fue exactamente lo contrario, dos a uno a favor del régimen. Todos sabían que eso había sido un fraude. No obstante, hubo un solo personaje político que intentó decir algo, Pablo Medina, y fue silenciado por la propia oposición. Parece increíble que una de las personas más repulsivas en toda la oposición, fue el único que trató de hacerlo correcto ese día
El resultado era inverosímil. Pero lo más grave no fue el fraude, sino el silencio.
Ese mismo año se publicó un libro titulado "El Poder de las Matemáticas", donde se demostraba —con base en análisis estadístico y modelos de distribución— que los resultados del referéndum eran imposibles desde el punto de vista matemático. Las cifras no cuadraban. Las variaciones por mesa, por zona y por número de electores no respondían a patrones razonables. Se había cometido fraude, y no de manera burda, sino sistemática.
No había duda que el régimen no estaba dispuesto a entregar el poder. Pese a eso, nunca se consideró otra opción que la electoral. Elección tras elección, todas viciadas, todas con ventajismo y sin duda, en muchas con fraude, la oposición acudió para lavarle la cara al régimen, permitiéndole mostrarse como demócrata. Las denuncias de fraude fueron acalladas, por las buenas o por las malas, bajo el argumento que desestimularía la participación. La oposición desplegaba todo su aparato comunicacional, con periodistas bien pagados y troles en redes sociales, para atacar y destruir moralmente a quienes hablasen de fraude. El periodismo, que cuando es digno debe servir para sacar a relucir la verdad, en Venezuela tapaba la verdad.
Las dos escasas veces en las cuales el régimen reconoció la derrota en las urnas, convirtió estas victorias totalmente ineficaces por mecanismos distintos al electoral. La primera vez fue con el referéndum que negó la enmienda constitucional, que después la impuso de distinta manera. La segunda, cuando la oposición obtuvo la mayoría el calificada en la Asamblea Nacional. Una legalmente insostenible sentencia el tribunal supremo de justicia anuló completamente la operatividad de dicha asamblea, no pudiendo ejecutar absolutamente ningún acto legislativo.
El valiente muere una vez, los cobardes muchas
Todos los procesos electorales en el chavismo, han estado marcados por esas mismas características: ventajismo estructural y, en muchos casos, fraude. En algunos, el fraude ha sido más evidente; en otros, más sutil. Pero la desigualdad de condiciones ha sido una constante. Enrique Capriles Radonski reconoció años después que él había ganado las elecciones del año 2013 a Nicolás Maduro. Sin embargo, optó por no denunciarlo formalmente, para evitar —según sus palabras— un derramamiento de sangre.
En principio, uno no puede estar en desacuerdo con evitar los derramamientos de sangre, pero volvemos a las enseñanzas de Sir Winston Churchill, las guerras no se ganan con retiradas, las acciones defensivas no nos acercan a la victoria. Y también a las enseñanzas de Oscar Yanes, no se puede torear al ñu.
Los líderes políticos venezolanos, tienen que tener claro que lo que enfrentan no es un adversario político, sino a una organización criminal-terrorista. El chavismo es una organización criminal de la peor calaña —una estructura mafiosa, represiva, totalitaria—. Esto obliga a asumir que, en algún momento, la sangre se va a derramar. No por voluntad del pueblo, sino por la brutalidad del enemigo.
El chavismo ha demostrado una y otra vez que no tiene ningún reparo en asesinar, encarcelar, torturar o dejar morir de mengua a miles de personas. Un verdadero estadista debe saber que hay momentos donde la única salida es el enfrentamiento, y que no luchar por miedo al precio puede significar perderlo todo. Como muy bien dijo Sir Dijeron Churchill al, en ese momento, Primer Ministro británico Neville Chamberlain "eligió el deshonor para evitar la guerra, ahora tendrá la guerra y el deshonor"
La protesta y el costo del coraje
En 2004, mientras se debatía el referéndum revocatorio, surgió el movimiento de protesta conocido como La Guarimba, ya mencionado anteriormente. Fue una protesta callejera, violenta en algunos sectores, pero de alcance limitado. Hubo algunos heridos, algunos detenidos, pero no se produjeron muertes. Fue, en cierta medida, un ensayo fallido de confrontación civil frente al poder.
Diez años después, en 2014, y luego nuevamente en 2017, el escenario se transformó en algo mucho más grave. Las nuevas protestas fueron masivas, muchos más extensas, más violentas y más decididas. La represión, por supuesto, fue proporcional a esa determinación, más brutal, despiadada y salvaje. En esas jornadas se pagó un precio muchísimo más alto: cientos de muertos, miles de heridos, miles de presos políticos, jóvenes torturados, familias destruidas.
La historia reciente de Venezuela demuestra que cada intento de rebelión social es respondido con brutalidad, pero también que esta generación de ciudadanos está dispuesta a ir un paso más allá. El sacrificio ha sido real. Lo que ha faltado es un liderazgo que asuma la naturaleza del enemigo y actúe en consecuencia. Ha faltado un liderazgo de guerra. Ha faltado un estadista.
El gran problema de esta generación en la resistencia, es que tenían un valor increíble y la disposición a dar la vida por la patria, pero lamentablemente no estaban dispuestos a herir o matar a los esbirros del régimen, no querían dañar al enemigo. Peor aún, era que el régimen sí estaba dispuesto —y lo demostró— a asesinar a diez, cien, mil o diez mil. La asimetría era total. Como dijo el General George S. Patton: "La función de un soldado no es morir por su país, sino hacer que el otro bastardo muera por el suyo." Ese valor suicida, por más heroico que pareciera, no servía de nada frente a un enemigo sin escrúpulos y con poder absoluto.
No solamente no había estadistas y líderes de guerra, es que los supuestos líderes políticos de la oposición, tampoco estaban alineados con la resistencia. la Guarimba del 2004 fue traicionada por los políticos de oposición, quienes, con la sola promesa de que el régimen se sentaría a conversar sobre un posible referéndum, desactivaron la protesta. En 2014 y 2017 la traición fue más directa: políticos infiltraron las protestas, entregaron a los muchachos, sabotearon la organización desde adentro y difundieron información falsa que los desorientaba y debilitaba. Actuaban, de hecho, como agentes del régimen.
Cuando los líderes políticos juegan para el bando contrario y los combatientes de la resistencia no están dispuestos a dañar al enemigo, la derrota es inevitable.
En las Guarimbas participaron activamente unos pocos miles de personas: los jóvenes que levantaban las barricadas, los vecinos que les ofrecían agua, alimentos, medicinas; los médicos que los atendían; los profesionales que los orientaban; los abogados que los defendíamos. Quizás no llegábamos a 10.000 en todo el país. Tal vez el doble. Aun así, seguía siendo una cifra insignificante frente al aparato represivo del régimen: Fuerzas Armadas, policías, colectivos, guerrilleros colombianos, irregulares venezolanos, mercenarios extranjeros.
Éramos pocos. Muy pocos. Y además teníamos en contra no solo a los cuerpos armados del régimen, sino a cientos de políticos que jugaban en nuestra contra y a cientos de miles de ciudadanos que no movían un dedo. Algunos asistían a una marcha y volvían a casa. Otros se quejaban de que las protestas ensuciaban las calles o bloqueaban el tránsito. Muchos decían "yo estoy con los estudiantes", pero no hacían nada más.
Ante la pasividad de la mayoría, la traición de unos y la brutalidad de otros, aquellos pocos que sí resistieron jamás tuvieron oportunidad real de vencer. En Gran Bretaña, después de la batalla de Inglaterra en la que la Royal Air Force consiguió contener a la Luftwaffe, se dijo "nunca tantos debieron tanto a tan pocos" haciendo alusión a los pocos pilotos de caza con que contaba la Fuerza Aérea y que lograron salvar a la isla de la invasión germana. Lamentablemente los pocos en Venezuela no fuimos suficientes, ni contamos con el apoyo necesario.
La traición tiene rostro
A nadie le gusta la violencia. O, al menos, a nadie decente. A los criminales que gobiernan Venezuela, en cambio, les encanta, porque pueden basar su poder en ella y deshacerse de todos aquellos que son molestos, además de aplacar cualquier disidencia y engañar a los pusilánimes. La ejercen con sistematicidad, con crueldad, con goce. La han convertido en un instrumento de control social y político. Y, sin embargo, frente a esa violencia, la oposición ha insistido —una y otra vez— en responder con flores, votos y discursos.
Existe un proverbio samurái que lo resume con brutal claridad: "Lo único que puede detener a los hombres malos hábiles en el uso de las armas son los hombres buenos hábiles en el uso de las armas". Esa es la verdad incómoda. Esa es la verdad que nadie quiere oír.
Si Venezuela hubiese asumido esa verdad, sin duda habría habido más sangre de modo inmediato, pero habiendo visto como los venezolanos mueren de mengua en sus casas o por la violencia, o como mueren congelados en los páramos, ahogados en el mar Caribe, atacados por animales en la selva del Darién o asesinados en los países a los que han llegado huyendo, sin duda que habrían sido muchos menos. Además, la libertad habría sido algo posible, no una utopía.
Cuando alguien dice esto, no faltan los pusilánimes que no han movido un dedo y responden con cinismo: "Bueno, ¿por qué no vienes tú?" La verdad no cambia por la ubicación de quien la dice, quien lo diga puede estar en Venezuela o en Europa, en Australia, en Perú o en México y esto sigue siendo verdad. Y, además, yo sí estuve. Estuve ahí. Por eso estuve preso.
Quienes hoy desprecian estas verdades olvidan algo fundamental: la independencia de Venezuela no se logró con discursos bonitos de Bolívar. Estos sirvieron para alinear a todos en una única dirección, pero la libertad se logró con las lanzas, los machetes, los fusiles y la sangre de los llaneros, de los negros libertos, de los estudiantes, de los campesinos que decidieron que preferían morir peleando a vivir arrodillados.
La Segunda Guerra Mundial no se ganó con los discursos de Churchill, por más inspiradores que fueran. Sus palabras despertaban el espíritu de resistencia, pero fueron los cañones, los Spitfire y los Mustang, los Láncaster y las Fortalezas Volantes, los tanques Sherman y los Jeeps, y los fusiles Enfield y los Garand, los que derrotaron al nazismo. Sin combate, no hay victoria.
Eso es algo que Venezuela no ha querido entender.
Y el problema no ha sido solo esa ceguera colectiva, si no que ésta ha sido estimulada por los políticos que han fingido luchar mientras saboteaban desde adentro.
Tuvimos un Henrique Capriles Radonski, calculador, ambiguo, incapaz de actuar con firmeza incluso cuando reconoció, años después, que había ganado las elecciones contra Maduro. A Manuel Rosales, un siempre traidor, vendido desde el principio. A Arias Cárdenas, infiltrado desde sus días como "comandante" arrepentido. A Claudio Fermín y Henry Falcón, que se vendieron al mejor postor según el precio del día.
Tuvimos un Leopoldo López, que jugó a ser mártir, pero cuya prisión fue más espectáculo que sacrificio real.
Y finalmente, llegamos al absolutamente aborrecible Juan Guaidó. Un hombre que tuvo en sus manos la oportunidad histórica de convertirse en el segundo libertador de Venezuela. Más de 60 países lo reconocieron como el presidente legítimo, como correspondía ante el vacío de poder real. Y, sin embargo, no hizo nada.
No tomó ninguna medida concreta para buscar la libertad del país. Ni siquiera ejecutó actos de gobierno simbólicos que permitieran a otras naciones actuar con base en ellos. Cometió errores tan grotescos, tan evidentes, que cuesta creer que no fueran intencionados. Cualquier asesor mínimamente informado le habría podido explicar cómo se organiza un gobierno en el exilio. Él no lo hizo. Solo manejaron recursos —fondos internacionales, activos rescatados— que dilapidaron, malbarataron o directamente robaron.
El espectáculo fue tan lamentable que el propio presidente Donald Trump, al observar la corrupción interna, declaró que no había nadie serio en Venezuela a quien entregarle el poder si el chavismo caía. Decidió no apoyarlos más. Porque el dinero de los contribuyentes estadounidenses no se estaba usando para lograr la libertad, sino para llenar bolsillos.
Esa es la tragedia final: que incluso cuando la historia les ofreció una oportunidad de oro, de ser elevados a la gloria, para ser colocados junto a hombres tan GRANDES como Simón Bolívar, Francisco de Miranda y José Antonio Páez, eligieron servirse a sí mismos. Venezuela no solo fue traicionada por sus enemigos, sino por aquellos que decían ser sus salvadores.
Y al final, llegamos a la última —y quizás más dolorosa— de las traiciones.
María Corina Machado construyó durante años una imagen de radicalidad, de intransigencia frente al chavismo. Se presentó como la voz firme, la mujer sin dobleces, la política sin miedo. La Dama de Hierro. Y muchos la creyeron, sin atreverse a ver lo que había detrás. Pero su oportunidad real, la que pudo haber cambiado el rumbo de la historia, la dejó pasar voluntariamente.
Recuerdo haber conversado en Buenos Aires con altos dirigentes de su partido Vente Venezuela —miembros de la cúpula, con acceso directo a María Corina— y plantear una idea elemental: que ella saliera del país y organizara un gobierno legítimo en el exilio. En ese momento, aún no existía la figura de Guaidó, y ella tenía un altísimo reconocimiento internacional. Podía haber actuado. De hecho, escribí una tesis al respecto, cómo debería organizarse un gobierno en el exilio para iniciar la reconquista de Venezuela.
La respuesta que me dieron fue tan patética como reveladora: "Es que no tiene pasaporte."
¿Ustedes se imaginan a los miembros de la resistencia francesa, noruega o danesa durante la Segunda Guerra Mundial diciendo: "No puedo irme a Londres porque los nazis no me dejan salir de Francia"? ¿Qué concluyesen que se puede luchar porque el invasor no otorga permiso para hacerlo?
María Corina no fue impedida. Fue indiferente. Pudo haberse jugado la vida. Pudo haber demostrado verdadero liderazgo. Pero no quiso. Recordemos que Panamá la había nombrado representante ante la Organización de Estados Americanos, para darle un pasaporte diplomático y un estatus que la protegería. Esto demuestra que, si hubiese salido de Venezuela, la documentación habría sido lo menos importante de todos sus problemas. Ves más, ese problema no habría existido.
Y cuando finalmente decidió actuar, no fue para enfrentar al régimen, sino para validar sus mecanismos. Jugó a las elecciones y después de haber denunciado el fraude en todas las elecciones y la complicidad de quienes participaban. Participó en un proceso diseñado por los mismos que tienen dos décadas burlándose del país. Cedió la fuerza simbólica que había construido a cambio de una candidatura que el propio régimen nunca tuvo intención de permitirle ejercer.
Esa fue, tal vez, la traición más devastadora de todas: porque fue la última esperanza para muchos. Y al alinearse con el juego del enemigo, no solo traicionó su discurso, sino que reforzó la ilusión de que aún queda algo por salvar dentro de las ruinas del sistema.
Después de haberse mostrado durante años como la gran abanderada contra la vía electoral, lo que hacía pensar a algunos que al fin alguien había entendido la naturaleza del enemigo, María Corina Machado decidió —contra todo lo que había predicado— participar en elecciones.
Inscribió a un personaje que no pasa de ser un pobre diablo. Puede tener todas las credenciales académicas del mundo, pero en un líder eso no es suficiente. Lo esencial es la vocación de servir y la voluntad de luchar, y Edmundo González Urrutia no tenía ninguna de las dos.
Llegaron las elecciones, y las ganaron. Y hay que reconocer que, en ese punto, María Corina tuvo un gran acierto: logró resguardar las actas, sacarlas del país, y mostrárselas al mundo. Con esas actas en la mano, el fraude de Nicolás Maduro quedó demostrado sin posibilidad de discusión. No era la primera vez que hacían fraude, tampoco la primera vez que se había demostrado lo fraudulento de los resultados, pero sí fue la primera vez que quedó probado sin el mínimo margen de duda.
Ese fue un éxito enorme. Pero, como tantas otras veces en la historia reciente venezolana, no se hizo nada con ese éxito.
Edmundo González Urrutia, el mismo día de las elecciones, corrió a esconderse en una embajada. Y su cobardía hace recordar las palabras del Libertador Simón Bolívar: "Llamarse jefe para no serlo es el colmo de la miseria."
El pueblo, engañado con el lema de "Hasta el final", salió a la calle. Protestó. Derribó estatuas de Chávez. Ese solo acto tenía una carga simbólica tremenda: por primera vez, las masas se rebelaban no solo contra el presente, sino contra la narrativa del pasado. Fue un momento político potentísimo. Pero se dejó enfriar. Es más, no sólo se dejó enfriar, sino que se enfrío a propósito.
En lugar de capitalizar la indignación, de encender la chispa de un verdadero levantamiento civil, devolvieron a la gente a sus casas. Se inventaron algunas protestas puntuales, de corta duración. Protestas tibias. Protestas ridículas. Protestas religiosas en streaming.
Si ese día se hubiese dicho "vamos todos a la calle", si se hubiese hecho un llamado claro y frontal, el chavismo habría tambaleado. Porque sí, habría habido sangre. Pero también había militares que no estaban con el régimen, pero con todas las experiencias pasadas de traiciones hechas de los políticos a los militares que han tratado de sublevarse, ninguno tenía la mínima intención de actuar autónomamente.
De esto puedo hablar con conocimiento de causa, ya que uno de los implicados en el "Golpe Azul" me informó que fueron delatados por Julio Andrés Borges, con quien ellos contactaron para informarle del golpe y decirle que debía estar preparado para asumir el poder, ya que los militares se negaban a asumir el gobierno y deseaban volver a los cuarteles. Solamente querían la libertad de Venezuela. Pero como sucede en las dictaduras, los militares no se mueven sin una ruptura clara de la línea de mando. Y esa ruptura nunca llegó. El momento se perdió.
La gran esperanza de la gente murió ese día. Y lo que vino después ha sido un desfile de mentiras, fechas falsas, anuncios grandilocuentes que nunca se cumplen. María Corina habla de plazos, de tiempos, de escenarios que no existen. Cada vez que hablaba, fijaba una nueva fecha para la victoria. Así como el comunismo soviético siempre ofrecía un futuro radiante y le ponía fecha, y dándose cuenta que no había posibilidad alguna lograrlo, la postergaban, ella postergaba la fecha de la caída del régimen. Al final, presionada en una entrevista y desesperada se derrumbó y dijo "no sé coño, no sé". Y la gente —desesperada, humillada, rota— aún le cree. Aunque en el fondo sepa que le están mintiendo.
Porque a veces el alma humana, cuando ya no puede más, prefiere una mentira dulce antes que una verdad devastadora.
[1] Nombre clave de la invasión de Inglaterra.