Mientras Venezuela votaba, Vargas se estaba destruyendo
22.09.2026

El 15 de diciembre de 1999 Venezuela celebraba el referéndum para aprobar la nueva Constitución. Era una jornada política de enorme importancia y buena parte de la atención del país estaba concentrada en las urnas. Mientras tanto, en el estado Vargas, las lluvias que venían castigando la costa comenzaban a producir algo mucho más grave que los problemas habituales de una temporada de mal tiempo.
En Techos Rojos, Abismo Rojo, Marcos Loup empieza a enterarse de lo que ocurre de la manera en que suelen conocerse las grandes crisis cuando todavía nadie comprende que está ante una: mediante información fragmentada. Una llamada, un dato, una advertencia. Todavía no existe una imagen completa de la situación y resulta imposible saber si se está ante un problema local o ante algo de dimensiones extraordinarias.
Las primeras noticias
El sargento Lor fue quien puso a Marcos sobre aviso. Las lluvias estaban provocando deslaves importantes en Vargas, aquello podía afectar las votaciones y existía la posibilidad de que hubiera numerosas víctimas. Era todavía una información preliminar, pero suficientemente seria como para no ignorarla.
Marcos llamó al batallón y pidió que se movieran las fuentes para averiguar qué estaba ocurriendo realmente. También ordenó que la novedad quedara asentada e informó al comandante Garay. En ese momento no había manera de conocer la magnitud de lo que estaba comenzando, pero ya existían suficientes señales para prestar atención.
Una de las informaciones que recibió indicaba que se había solicitado suspender las votaciones en Vargas debido a las lluvias y los primeros deslaves, ante el temor de que la situación se volviera crítica. Las votaciones, sin embargo, continuaron.
Y mientras Venezuela votaba, Vargas comenzaba a desaparecer.
Lo que Aída había visto
Había además un elemento extraño que Marcos no podía evitar recordar. Tiempo antes, Aída había hablado de una catástrofe en la costa. Había descrito una situación terrible, con un apartamento tapiado y una enorme cantidad de víctimas, y había advertido a unos amigos que evitaran reunirse allí.
Aída tenía esas cosas. Presentimientos, visiones o como cada quien prefiera llamarlos. Quienes la conocían habían escuchado algunas de aquellas advertencias antes de que ocurrieran los acontecimientos con los que después parecían relacionarse. No hacía falta encontrarles una explicación para que, en medio de aquellas primeras noticias procedentes de Vargas, Marcos recordara lo que ella había dicho.
Cuando comenzó a recibir información sobre los deslaves, aquello que hasta entonces había podido quedar como una inquietante conversación empezó a adquirir para ellos un significado diferente. Aída escuchaba las noticias y las relacionaba con aquello que había sentido que ocurriría.
Pero para Marcos había un problema mucho más inmediato: necesitaba saber qué estaba sucediendo realmente.
La información comenzó a empeorar
Las primeras noticias podían describir una emergencia importante. Las siguientes comenzaron a dibujar algo completamente distinto. Ya no se trataba simplemente de lluvias intensas o de algunos derrumbes aislados. Las vías estaban quedando cortadas y desplazarse por determinadas zonas se hacía cada vez más difícil o directamente imposible.
La propia capacidad de respuesta empezaba a desaparecer. Había funcionarios policiales que no podían llegar a sus comandos y otros que estaban intentando proteger a sus propias familias. En algunas zonas prácticamente no existía actividad policial. A la destrucción provocada por el agua y la tierra comenzaban a sumarse robos y saqueos.
Y estaban los gritos.
Las informaciones que llegaban hablaban de personas atrapadas, de terror y de una situación que parecía empeorar con cada nuevo dato. La dimensión real de la tragedia todavía no podía conocerse, precisamente porque las comunicaciones y los desplazamientos se estaban desmoronando junto con todo lo demás.
Eso es algo que resulta difícil comprender cuando se observa una catástrofe años después. Hoy conocemos las fotografías, los videos, las cifras y el resultado final. Podemos mirar hacia atrás y hablar del desastre de Vargas sabiendo desde el principio que estamos hablando de una de las mayores tragedias de la historia contemporánea venezolana.
Quienes estaban allí no tenían esa ventaja.
Cuando una catástrofe todavía no tiene nombre
Para Marcos, Vargas no apareció de golpe como «el desastre de Vargas». Primero fue una llamada. Después una información preocupante. Luego otra más grave. Una fuente decía una cosa, alguien confirmaba otra y progresivamente comenzaba a resultar evidente que aquello estaba escapando de cualquier escenario ordinario.
Ese proceso es quizá una de las cosas que más me interesaba conservar en Techos Rojos. Las grandes tragedias, mientras están ocurriendo, no vienen acompañadas de un narrador que explique su magnitud. Quienes las viven reciben fragmentos y deben intentar comprender qué significan antes de disponer de toda la información.
Mientras eso ocurría, Venezuela seguía pendiente de una votación histórica. Los centros electorales estaban abiertos, se discutía sobre la nueva Constitución y millones de personas participaban en una jornada que debía ocupar las primeras páginas de los periódicos del día siguiente.
Pero en Vargas el agua, el barro y las piedras estaban escribiendo otra noticia.
La dimensión de la tragedia
Con el paso de las horas dejó de tener sentido preguntarse si Vargas enfrentaba simplemente una emergencia provocada por las lluvias. Comunidades enteras estaban siendo afectadas, las comunicaciones se interrumpían y cada nueva información hacía más difícil imaginar hasta dónde podía llegar el desastre.
Todavía faltaría tiempo para conocer la verdadera magnitud de lo ocurrido. También faltaría mucho para discutir cifras, responsabilidades y decisiones tomadas antes, durante y después de la tragedia. Aquella noche nada de eso podía saberse con precisión.
Lo único evidente era que algo enorme había ocurrido.
En Techos Rojos, Abismo Rojo, esta parte de la historia termina precisamente allí, en ese momento en que los fragmentos comienzan finalmente a formar una imagen y ya no quedan demasiadas dudas sobre la gravedad de lo sucedido.
Lo que vino después es otra historia.
Porque una cosa fue enterarse, desde Caracas, de que Vargas se estaba destruyendo.
Otra muy distinta sería entrar allí.
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