Los abogados: guardianes de la civilización

El 23 de junio se celebra el Día del Abogado en Venezuela. Como suele ocurrir con todas las profesiones, existe una tendencia natural a destacar su importancia. Los médicos preservan la vida. Los ingenieros construyen el progreso material. Los educadores transmiten conocimiento. Todas cumplen funciones esenciales para el funcionamiento de la sociedad.
Sin embargo, siempre he sostenido una idea que para algunos puede parecer exagerada, pero que considero profundamente cierta: los abogados somos los guardianes de la civilización.
Muchos dirán que la misión del abogado es defender la justicia. Y ciertamente es una parte fundamental de nuestro trabajo. Pero si observamos la historia con detenimiento, descubriremos que el derecho protege algo incluso más básico y más antiguo que la propia justicia. Protege la existencia misma de la civilización.
Antes de que existiera el derecho como lo conocemos hoy, las sociedades humanas dependían en gran medida de la costumbre, de las relaciones de poder y, demasiadas veces, del humor de quien tenía la autoridad para decidir. Una misma conducta podía recibir respuestas completamente distintas según quién fuese el magistrado que juzgaba, según la influencia de las partes involucradas o simplemente según el criterio personal de quien debía tomar la decisión.
Por supuesto, incluso en aquellas épocas existían ciertas normas generalmente aceptadas. Si alguien compraba algo, debía pagarlo. Si causaba un daño, debía repararlo. Pero esas reglas solían carecer de la uniformidad y previsibilidad que hoy consideramos normales. El problema no era solamente la dureza o la suavidad de las sanciones. El problema era la arbitrariedad.
La civilización comenzó a dar un salto extraordinario cuando las sociedades entendieron que la misma conducta debía ser analizada bajo las mismas normas. No necesariamente con resultados perfectos, pero sí bajo reglas conocidas, relativamente estables y aplicables de forma general. La existencia de una norma común representó uno de los mayores avances de la historia humana.
Por eso considero que uno de los momentos fundacionales de la civilización fue la aparición del Código de Hammurabi. Sus normas eran, vistas desde la perspectiva actual, extraordinariamente severas e incluso bárbaras. Pero el mérito histórico de Hammurabi no radica en la bondad de sus leyes, sino en algo mucho más revolucionario para su época: las reglas estaban escritas. La gente podía conocerlas. La autoridad no podía inventarlas sobre la marcha según su conveniencia.
Sin embargo, la mera existencia de leyes no era suficiente. Con el paso de los siglos, la civilización fue descubriendo otro principio igualmente importante: las normas debían aplicarse de manera uniforme. No bastaba con que existieran reglas escritas; era necesario que esas reglas fueran las mismas para todos.
Esta idea, que hoy parece evidente, fue una conquista histórica extraordinaria. Durante buena parte de la historia humana existieron leyes distintas para nobles y plebeyos, para gobernantes y gobernados, para hombres libres y esclavos, para vencedores y vencidos. La civilización avanzó a medida que fue imponiéndose la noción de que la ley debía ser común y aplicable a todos los miembros de la sociedad.
A partir de allí comenzó un largo camino de perfeccionamiento jurídico que alcanzó uno de sus momentos más brillantes en Roma. Los romanos comprendieron algo esencial: una sociedad compleja necesita instituciones jurídicas sólidas. La Ley de las Doce Tablas, el desarrollo del derecho romano y posteriormente el Corpus Juris Civilis constituyeron la base de gran parte del derecho occidental moderno.
Los contratos que firmamos, la propiedad privada, las obligaciones, las sucesiones, la responsabilidad civil y buena parte de las instituciones jurídicas que hoy utilizamos tienen sus raíces en conceptos desarrollados por los juristas romanos hace muchos siglos. No es exagerado afirmar que todo el derecho occidental es, en gran medida, un desarrollo de las ideas jurídicas nacidas en Roma.
Por supuesto, Roma no fue perfecta. Tampoco lo fue la Edad Media. Tampoco lo son nuestras sociedades actuales. La historia del derecho no es una historia de perfección. Es una historia de mejora gradual. Pero incluso en sus momentos más oscuros, la existencia de normas, procedimientos y principios jurídicos marcó una diferencia fundamental entre la civilización y la barbarie.
Quizás por eso resulta tan reveladora una anécdota atribuida a Napoleón Bonaparte. Cuando le preguntaron cómo deseaba ser recordado, no señaló sus victorias militares, a pesar de ser considerado uno de los mayores estrategas de todos los tiempos. No mencionó Austerlitz ni sus campañas que transformaron Europa. Señaló algo distinto: el Código Napoleónico.
Napoleón comprendía que una victoria militar puede durar años o décadas, pero una estructura jurídica puede influir durante siglos. Y tenía razón. El Código Napoleónico se convirtió en la base de los sistemas jurídicos de gran parte de Europa continental y de la inmensa mayoría de los países latinoamericanos. Su influencia continúa viva más de doscientos años después.
Desde una perspectiva liberal, uno de los mayores logros del derecho consiste precisamente en esa aspiración a la igualdad jurídica. No significa que todos seamos iguales en capacidades, riqueza, influencia o posición social. Significa algo mucho más concreto y mucho más importante: que la misma norma debe aplicarse a todos por igual.
Quizás por eso la lucha por el Estado de Derecho nunca termina. Porque la tentación de crear privilegios para algunos y restricciones para otros sigue existiendo. La tentación de colocar a determinadas personas por encima de la ley es tan antigua como la propia humanidad.
Por eso afirmo que los abogados somos guardianes de la civilización. No porque seamos más importantes que otras profesiones. No porque siempre tengamos razón. No porque el derecho se aplique siempre correctamente.
La realidad es que muchas veces las leyes se incumplen. Muchas veces se manipulan. Muchas veces se interpretan de forma torcida. Muchas veces la justicia llega tarde o no llega. Pero incluso en esas circunstancias, la existencia del derecho sigue representando una barrera frente a la arbitrariedad absoluta.
Cuando desaparece la idea de que existen reglas superiores a la voluntad de los poderosos, la civilización comienza a resquebrajarse. Cuando se pierde el respeto por las normas comunes y por la igualdad jurídica de las personas, la barbarie encuentra el camino abierto.
Los abogados tenemos la responsabilidad de custodiar ese legado. No se trata únicamente de conocer leyes, redactar contratos o defender clientes. Se trata de preservar una tradición intelectual que durante miles de años ha intentado sustituir la fuerza por la norma, la arbitrariedad por el procedimiento y el privilegio por la igualdad ante la ley.
No basta con que exista el derecho. Debemos procurar que sus normas sean cada vez más justas, que sus instituciones funcionen mejor y que su espíritu sirva realmente a la dignidad humana.
Porque el derecho es una de las grandes conquistas de la civilización.
Y quienes lo ejercemos tenemos el privilegio —y la responsabilidad— de ser sus guardianes.
Feliz Día del Abogado a todos mis colegas.
Feliz Día a los guardianes de la civilización.