La reconstrucción más difícil de Venezuela

23.07.2026

Existe una idea muy extendida entre muchos venezolanos: que el día en que termine el chavismo comenzará automáticamente la recuperación del país. Ojalá fuera así de sencillo. Me temo que la realidad será mucho más dura.

Reconstruir un país no consiste únicamente en reparar carreteras, levantar hospitales o reactivar la industria petrolera. Todo eso requiere tiempo, inversión y buenos gobiernos, pero es posible. Lo verdaderamente difícil será reconstruir aquello que no puede comprarse con dinero: el capital humano, la cultura del trabajo y la confianza sobre la que se sostiene una sociedad.

Con frecuencia se afirma que uno de los motores más importantes de una economía es la clase media. No solo porque consume, sino porque emprende. Es allí donde nacen miles de pequeños negocios, empresas familiares, comercios, talleres, consultorios, oficinas profesionales y proyectos que, sumados, generan buena parte del empleo y del crecimiento económico de un país.

Precisamente esa fue una de las grandes pérdidas de Venezuela.

Millones de venezolanos abandonaron el país, pero entre ellos salió una enorme cantidad de profesionales, técnicos, empresarios, gerentes, médicos, ingenieros, profesores universitarios, abogados y trabajadores altamente calificados. No emigraron únicamente personas; emigraron décadas de experiencia, conocimiento y capacidad de producir riqueza.

Muchos mantienen intacto su amor por Venezuela. Algunos incluso sueñan con volver. Pero una cosa es regresar de visita y otra muy distinta deshacer una vida construida durante años.

Muchos ya formaron una familia en el exterior. Sus hijos crecieron en otros países, hicieron amigos, estudiaron en otras escuelas y consideran ese lugar como su hogar. Sería injusto obligarlos a vivir un segundo desarraigo. Otros lograron estabilidad económica, desarrollaron una carrera profesional o crearon un negocio. Después de tantos años, comenzar nuevamente desde cero en un país devastado no es una decisión sencilla.

También hay quienes, simplemente, ya no tendrán tiempo. Personas que salieron con cuarenta o cincuenta años hoy se acercan al final de su vida laboral. Es comprensible que no quieran regresar para empezar otra vez cuando apenas les quedan unos años antes de la jubilación.

Todo ese capital humano será extraordinariamente difícil de recuperar.

Pero, a mi juicio, ese ni siquiera es el daño más profundo.

El mayor daño que el chavismo le hizo a Venezuela fue cultural.

Durante años se fue debilitando el valor del esfuerzo personal. Se transmitió la idea de que el Estado debía resolver la vida de las personas, garantizar su bienestar y convertirse en el principal proveedor de recursos. Poco a poco se fue perdiendo la convicción de que el progreso nace, ante todo, del trabajo, del ahorro, del emprendimiento y de la iniciativa individual.

Conviene recordar una realidad elemental: el Estado no produce riqueza. El Estado administra recursos que previamente generan quienes trabajan, invierten, producen y emprenden. Los planes sociales pueden ser una herramienta para atender situaciones de necesidad, pero nunca pueden sustituir la creación de riqueza. Si cada vez hay menos personas produciendo y más personas dependiendo exclusivamente de lo que otros producen, el sistema termina siendo insostenible.

También se fue instalando un discurso que tendía a justificar moralmente el despojo. Recuerdo haber escuchado a Hugo Chávez expresar la idea de que, si él hubiera sido pobre, también habría robado. Más allá de la formulación exacta, el mensaje que transmitía era profundamente dañino: la pobreza podía servir como justificación para apropiarse de lo ajeno.

Sin embargo, la historia demuestra exactamente lo contrario. Millones de personas humildes, en Venezuela y en el resto del mundo, han trabajado honradamente durante toda su vida. Algunos lograron prosperar. Otros no. Pero conservaron algo mucho más importante: la dignidad de vivir de su propio esfuerzo.

Hubo un tiempo en que trabajar era motivo de orgullo. Abrir un pequeño negocio, ahorrar para comprar una vivienda, hacer crecer una empresa o ejercer una profesión eran metas admiradas socialmente. Hoy, en algunos sectores, pareciera haberse instalado la idea de que esforzarse es una ingenuidad y que resulta más inteligente vivir del trabajo ajeno o esperar que el Estado resuelva los problemas personales.

Ninguna sociedad puede prosperar sobre esa base.

La verdadera reconstrucción de Venezuela no dependerá solamente de un cambio político. Dependerá de recuperar valores que durante décadas fueron erosionados: el respeto por la propiedad privada, la cultura del trabajo, el mérito, la responsabilidad individual, el emprendimiento y la convicción de que el progreso se construye creando riqueza, no repartiéndola antes de haberla producido.

Los edificios pueden reconstruirse en pocos años.

La economía puede recuperarse en una o dos décadas si existen instituciones sólidas y políticas acertadas.

Pero reconstruir una generación de profesionales, empresarios, investigadores y emprendedores puede tomar mucho más tiempo.

Y reconstruir una cultura que vuelva a premiar el trabajo, el esfuerzo y la honestidad probablemente será la tarea más difícil de todas.

Venezuela volverá a levantarse. De eso no tengo dudas.

La verdadera incógnita no es si lo hará.

La verdadera pregunta es cuánto tiempo necesitaremos para reconstruir aquello que no se ve: el capital humano, la confianza y los valores que hacen posible que una nación vuelva a prosperar.

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