La oposición llega al área, pero nunca mete el gol

Un equipo de fútbol puede dominar completamente un partido. Puede tener la pelota durante casi todo el encuentro, hacer pases extraordinarios, dejar atrás a los defensores, llegar una y otra vez al área contraria y levantar al público de sus asientos. Puede incluso jugar muchísimo mejor que su adversario. Pero los partidos no se ganan llegando al área. Se ganan metiendo goles.
La oposición venezolana lleva demasiados años llegando al área sin meter el gol. Ha conseguido movilizaciones extraordinarias, victorias electorales, reconocimiento internacional, sanciones contra el régimen y dirigentes reconocidos por numerosos gobiernos extranjeros. En 2024 consiguió además algo importantísimo: documentar mediante las actas electorales una victoria de Edmundo González que el régimen se negó a reconocer.
Y, sin embargo, el chavismo siguió gobernando.
Ese es el problema que deberíamos comenzar a discutir seriamente. Venezuela no necesita otra jugada extraordinaria que termine exactamente en el mismo sitio. Si la oposición pretende gobernar, necesita una estrategia que contemple también qué hacer después de llegar al área.
El plan que siempre llega hasta cierto punto
María Corina Machado ha repetido durante años que existe un plan, que sabe lo que está haciendo y que llegará «hasta el final». No tengo ninguna dificultad en reconocerle algunos éxitos importantes. Sería absurdo negarlos simplemente porque no simpatizo políticamente con ella.
La organización desarrollada alrededor de las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024 consiguió algo extraordinariamente importante: recoger, conservar y publicar una enorme cantidad de actas electorales. Posteriormente, el Centro Carter concluyó que esas actas mostraban una victoria clara de Edmundo González Urrutia. La estrategia para demostrar documentalmente el resultado electoral funcionó.
Fue una magnífica jugada. Llegaron al área.
El problema es que allí parece haber terminado el plan.
Si el objetivo consistía en demostrar quién había ganado las elecciones, el objetivo se consiguió. Si consistía en conseguir que quien había ganado ejerciera efectivamente la Presidencia de la República, entonces la estrategia fracasó. No existe ninguna contradicción entre reconocer el éxito táctico y señalar el fracaso estratégico.
Un plan político no puede evaluarse solamente por las etapas que consigue completar. Tiene que evaluarse por el objetivo final que pretendía alcanzar.
¿Cuántas elecciones tiene que ganar la oposición?
Ahora vuelve a hablarse de elecciones presidenciales y aparece una pregunta elemental: ¿cuántas elecciones tiene que ganar la oposición?
Si Edmundo González ganó las elecciones presidenciales de 2024, el problema venezolano no consiste únicamente en conseguir suficientes votos. Eso ya ocurrió. El problema es conseguir que el resultado de esos votos pueda convertirse en poder político efectivo.
Supongamos que mañana se consiguen mejores condiciones electorales, se actualiza el registro, se permite votar a los venezolanos en el extranjero, existe observación internacional suficiente y se celebran unas elecciones razonablemente limpias. Supongamos incluso que el candidato opositor obtiene una victoria abrumadora.
¿Qué ocurre si quienes conservan el control material del Estado deciden nuevamente desconocer el resultado?
Volver a celebrar elecciones sin haber resuelto aquello que impidió ejecutar el resultado anterior puede significar simplemente repetir el mismo partido esperando que esta vez, por alguna razón que nadie explica, la pelota entre sola.
El problema del poder
Existe una palabra que parece provocar alergia en buena parte de nuestra clase política: poder.
La política democrática debe estar sometida al Derecho, las instituciones y la voluntad popular. Pero ninguna de esas cosas elimina la existencia del poder. Precisamente las instituciones democráticas sirven para organizarlo, limitarlo, distribuirlo y determinar quién puede ejercerlo legítimamente.
Una elección determina quién tiene legitimidad para gobernar. Pero una papeleta electoral no desarma automáticamente a quien se niega a reconocerla.
Durante años hemos escuchado hablar de presión internacional, presión popular, movilización, negociación, sanciones, fracturas internas y supuestos apoyos dentro de las Fuerzas Armadas. María Corina Machado ha afirmado reiteradamente contar con un respaldo importante dentro del sector militar. Eso es una afirmación suya, no un hecho que podamos dar por demostrado.
Hasta ahora no se ha producido una manifestación dentro de las Fuerzas Armadas de dimensiones compatibles con la existencia de ese supuesto apoyo decisivo. No ha habido un movimiento institucional significativo capaz de transformar ese presunto respaldo en capacidad política efectiva. Por tanto, lo correcto no es afirmar que María Corina tiene el apoyo de las Fuerzas Armadas, sino señalar que ella dice tenerlo y los hechos no han permitido comprobarlo en la magnitud anunciada.
Y eso importa enormemente, porque Venezuela no se gobierna mediante una encuesta de popularidad.
Cipriano Castro sabía adónde quería llegar
En 1899 ocurrió algo que, salvando las enormes diferencias históricas, merece recordarse por una razón muy concreta.
Cipriano Castro se encontraba exiliado en Colombia. Desde las cercanías de Cúcuta organizó, junto con Juan Vicente Gómez y otros partidarios, el movimiento conocido como la Revolución Liberal Restauradora. El pequeño grupo inicial que penetró en Venezuela quedó para la historia asociado a la llamada Invasión de los Sesenta. A medida que avanzaba fue incorporando partidarios, obtuvo victorias militares y terminó alcanzando Caracas. El gobierno de Ignacio Andrade cayó y Castro tomó el poder.
Castro no pidió permiso para entrar a Venezuela.
Naturalmente, las condiciones de 1899 y las actuales son completamente diferentes. Pero hay algo que no ha cambiado en política: una estrategia debe guardar relación con el objetivo que pretende alcanzar.
Cipriano Castro sabía para qué estaba cruzando la frontera. No pretendía simplemente entrar a Venezuela, conseguir reconocimiento, publicar una proclama o ganar una batalla. Pretendía tomar el poder y había diseñado una estrategia dirigida a conseguirlo.
Podemos discutir los medios, condenarlos o defenderlos. Podemos analizar posteriormente el gobierno de Castro y sus consecuencias. Pero su plan no terminaba a mitad del camino.
Ese es precisamente el problema que encuentro una y otra vez en la oposición venezolana contemporánea.
Si no puede entrar, ¿cómo piensa gobernar?
El caso más reciente de María Corina Machado hace todavía más evidente la contradicción. Ella y su equipo han sostenido que ha intentado regresar varias veces a Venezuela y que no ha conseguido hacerlo.
Daniel Lara Farías planteó entonces una observación cuya idea comparto y que, palabra más, palabra menos, puede resumirse así: si ni siquiera consigue entrar al país, ¿cómo pretende gobernarlo? Un gobierno que carezca de fuerza efectiva para imponerse puede ser derribado a los pocos días.
No se trata de una frase ingeniosa. Es una pregunta fundamental sobre el poder.
Supongamos que mañana María Corina consigue finalmente regresar a Venezuela. Magnífico. Pero entrar tampoco es el objetivo. Como tampoco lo fue ganar una primaria, conseguir que Edmundo González ganara las elecciones, recuperar las actas o conseguir reconocimiento internacional. Todos pueden ser objetivos tácticos importantísimos, pero ninguno sustituye al objetivo estratégico de conseguir ejercer efectivamente el gobierno.
Una dirigente puede tener enorme popularidad y, aun así, carecer de los instrumentos necesarios para gobernar. María Corina ha tenido una popularidad indiscutiblemente importante. Pero también resulta razonable pensar que el desgaste producido por meses de expectativas incumplidas, anuncios de planes y una victoria electoral que no pudo transformarse en poder ha contribuido a erosionar ese respaldo. La popularidad no es un capital inagotable: cuando las expectativas creadas no producen resultados, se consume.
Y precisamente por eso cada nuevo anuncio de que existe un plan genera una pregunta inevitable: ¿ese plan contempla realmente cómo alcanzar el objetivo final?
No necesito que publiquen el plan en Twitter
Naturalmente, cuando uno pregunta cuál es el plan aparece inmediatamente la respuesta: ¿qué pretende, que María Corina publique la estrategia completa en Twitter para que el régimen pueda leerla?
Por supuesto que no.
Ninguna estrategia política seria, y muchísimo menos una dirigida a desplazar del poder a un régimen autoritario, puede hacerse pública en todos sus detalles. Hay decisiones, contactos, capacidades, negociaciones y acciones que necesariamente deben permanecer reservadas.
No necesito conocer el plan.
Me conformaría con poder comprobar que existe uno capaz de llegar hasta el objetivo final.
Y ese es precisamente el problema. Después de tantos años, los resultados no permiten demostrarlo. Hemos visto repetidamente planes capaces de conseguir objetivos parciales, generar expectativas enormes y alcanzar posiciones extraordinariamente favorables que después no consiguen transformarse en la victoria política prometida.
Si existe una estrategia secreta extraordinariamente brillante, naturalmente no espero que me la expliquen. Pero llega un momento en que las estrategias también tienen que juzgarse por sus resultados.
Y hasta ahora el resultado ha sido desastroso.
Tener razón no significa ganar
Quizás una de las grandes tragedias de la oposición venezolana haya sido confundir demasiadas veces tener razón con ganar.
Se puede tener razón moralmente, constitucionalmente y electoralmente. Se pueden tener las actas, el reconocimiento internacional, informes independientes y millones de ciudadanos apoyando una causa. Y aun así perder políticamente.
Eso puede ser profundamente injusto. Pero la realidad no tiene obligación alguna de ser justa.
Si queremos cambiarla, primero tenemos que comprenderla.
El deber ser importa. Naturalmente que importa. El problema comienza cuando diseñamos una estrategia basándonos exclusivamente en aquello que debería ocurrir y olvidamos preguntarnos qué haremos cuando el adversario haga exactamente aquello que sabemos que puede hacer.
Si enfrentamos a un régimen que durante años ha demostrado estar dispuesto a desconocer elecciones, reprimir manifestaciones, encarcelar adversarios y utilizar todos los instrumentos del Estado para mantenerse en el poder, un plan que dependa de que ese régimen acepte comportarse democráticamente no es un plan.
Es un deseo.
Una larga colección de éxitos tácticos
Esto tampoco comenzó con María Corina Machado.
Durante más de dos décadas, la oposición venezolana ha utilizado prácticamente todas las herramientas políticas imaginables. Ha participado en elecciones y se ha abstenido de ellas. Ha organizado manifestaciones gigantescas, huelgas y protestas. Ha negociado, abandonado negociaciones y vuelto a negociar. Ha conseguido sanciones internacionales y posteriormente algunos sectores han pedido modificarlas o levantarlas. Ha obtenido respaldo de numerosos gobiernos y llegó incluso a contar con un presidente encargado reconocido por decenas de países.
En diferentes momentos consiguió éxitos tácticos indiscutibles.
Pero si establecemos como objetivo estratégico terminar con el chavismo y establecer un gobierno democrático capaz de ejercer efectivamente el poder, todas esas estrategias terminaron fracasando.
Las causas fueron distintas. Hubo represión, errores, oportunidades desperdiciadas y traiciones. Hubo venezolanos que pusieron el cuerpo, la libertad y la vida mientras otros negociaban. Cada episodio merece su propio análisis y sería simplista atribuir todos los fracasos a una única causa.
Pero existe un resultado que no depende de ninguna interpretación: el objetivo no se consiguió.
Cuando una estrategia fracasa una vez, puede haber ocurrido cualquier cosa. Cuando fracasa repetidamente, hay que estudiar qué salió mal. Y cuando durante más de dos décadas se acumulan estrategias diferentes que terminan produciendo esencialmente el mismo resultado, resulta obligatorio preguntarse si el problema está también en quienes las diseñan.
La popularidad no gobierna
María Corina Machado conserva una relevancia política importante. Negarlo simplemente porque no comparto sus posiciones sería sustituir el análisis por mis preferencias.
Pero la popularidad no es poder ejecutivo.
Puede proporcionar legitimidad democrática, llenar calles, conseguir votos, facilitar alianzas y convertir a alguien en una referencia nacional. No garantiza capacidad para gobernar.
Gobernar Venezuela exigirá mucho más. Habrá que conseguir que las órdenes legítimas del nuevo gobierno se cumplan; enfrentar organizaciones criminales y grupos armados; reconstruir instituciones; recuperar el monopolio legítimo de la fuerza; reorganizar unas Fuerzas Armadas profundamente politizadas; reconstruir la Justicia y comenzar a recuperar una economía y una infraestructura devastadas.
Algunas decisiones tendrán costos enormes. Algunas serán impopulares. Algunas exigirán enfrentarse a personas y organizaciones que no aceptarán voluntariamente perder poder, privilegios, armas o negocios.
Por eso me interesa bastante menos conocer el porcentaje de personas que hoy dicen apoyar a determinado dirigente que saber si ese dirigente y su equipo poseen la capacidad, la voluntad y la estrategia necesarias para ejercer el poder si alguna vez consiguen alcanzarlo.
Venezuela no permite improvisar
En una democracia institucionalmente estable, un partido puede ganar unas elecciones, formar gobierno y encontrarse con una administración pública que continúa funcionando. El presidente anterior entrega el poder, los funcionarios siguen trabajando, las Fuerzas Armadas obedecen al nuevo comandante en jefe, los tribunales continúan funcionando y el Estado sobrevive normalmente al cambio de gobierno.
Venezuela no se encuentra ni remotamente en esa situación.
Quien llegue al poder recibirá instituciones profundamente deterioradas, organizaciones armadas, criminalidad organizada, una Justicia que deberá ser reconstruida, enormes problemas económicos, infraestructura destruida, servicios públicos deficientes, una industria petrolera necesitada de inversiones gigantescas y millones de venezolanos dentro y fuera del territorio esperando resultados.
No habrá tiempo para llegar a Miraflores y comenzar entonces a preguntarse qué hacer.
Por eso «hasta el final» puede ser una excelente consigna, pero necesitamos tener la certeza de que el final realmente significa gobernar Venezuela y no simplemente alcanzar la próxima meta intermedia.
No necesito conocer los detalles de la estrategia. No necesito saber nombres, fechas, operaciones, contactos ni decisiones reservadas. Pero después de tantos fracasos tengo todo el derecho a exigir resultados que permitan creer que esta vez existe realmente un plan que no termina nuevamente en el área.
Hay que meter el gol
En el fútbol nadie coloca en el marcador la posesión de la pelota, los pases completados, las oportunidades creadas ni las veces que un equipo llegó al área.
Se cuentan los goles.
En política ocurre algo parecido. Naturalmente importan los avances parciales, porque sin ellos difícilmente puede alcanzarse el objetivo. Pero no podemos convertir cada avance parcial en una victoria definitiva para descubrir después que seguimos exactamente donde estábamos.
La oposición venezolana ha demostrado que sabe movilizar, conseguir votos y obtener reconocimiento internacional. En 2024 demostró incluso que podía construir una extraordinaria operación para obtener, conservar y exhibir las pruebas documentales de una victoria electoral.
Todo eso tiene mérito.
Pero falta el gol.
No quiero que me expliquen el plan secreto. Si realmente existe, espero precisamente que no lo hagan.
Quiero ver alguna evidencia de que el plan no termina otra vez antes de alcanzar el objetivo.
Porque después de tantos años, tantas estrategias, tantas movilizaciones, tantas elecciones y tantas promesas, Venezuela no necesita otra magnífica explicación de por qué esta vez tampoco se pudo.
La oposición ya demostró muchas veces que puede llegar al área.
Ahora tiene que demostrar que sabe meter el gol.

IMAGINE CUANDO APARECELO IMPOSIBLE.