La libertad no es gratis

23.07.2026

En días pasados se conmemoró el 82.º aniversario del Día D, uno de los acontecimientos más importantes de la historia contemporánea y, probablemente, uno de los momentos decisivos para la supervivencia de la libertad en Occidente. Mucha gente suele preguntarse qué tiene que ver aquello con nosotros, con América Latina o con Venezuela. La respuesta es sencilla: muchísimo más de lo que creemos.

Aquel 6 de junio de 1944, una generación de hombres extraordinariamente jóvenes se lanzó hacia la oscuridad sin ninguna garantía de regresar. Algunos salieron desde barcazas de desembarco y tuvieron que abrirse paso bajo fuego enemigo en playas convertidas en auténticas trampas mortales. Otros se arrojaron desde aviones en medio de la noche, descendiendo en paracaídas sin saber exactamente dónde aterrizarían, qué encontrarían abajo o si siquiera llegarían vivos al amanecer. Otros aterrizaron en frágiles planeadores detrás de las líneas enemigas, igualmente sin tener certeza de qué los esperaba.

Todos tenían miedo, muchísimo miedo, porque solamente un insensato no lo habría tenido. Sin embargo, avanzaron, porque comprendían algo fundamental: si ellos no estaban dispuestos a asumir aquel sacrificio, quizás no habría mañana para millones de personas. Comprendían que la libertad tenía un precio y que, si no se pagaba en ese momento, el costo posterior sería infinitamente peor.

Sin el desembarco de Normandía, Europa no existiría como hoy la conocemos. Muy probablemente habría quedado sometida durante generaciones a uno de los regímenes más malignos que haya conocido la humanidad. A partir de ese día siguieron largos meses de campañas crueles y sangrientas hasta acorralar completamente al régimen hitleriano. El Ejército Rojo ya avanzaba desde el este, pero el desembarco fue la señal inequívoca de que el fin había comenzado. Muchos dentro de Alemania lo comprendieron y no es casualidad que semanas después se produjera el atentado del 20 de julio contra Adolf Hitler. Para muchos, la guerra ya estaba moral y estratégicamente perdida.

La gran lección de Normandía es brutalmente simple: la libertad no es gratis. La libertad cuesta y muchas veces cuesta sangre. Aquel día la pagaron muchachos de apenas 18 o 20 años, jóvenes que jamás volverían a abrazar a sus padres, a enamorarse, a formar una familia o a construir la vida que soñaban. Hoy quedan pocos sobrevivientes de aquella generación y, mientras escribo estas líneas este mismo 6 de junio, están siendo homenajeados en esas playas que ayudaron a convertir en símbolo de la lucha por la libertad.

Y aquí viene la parte incómoda para Venezuela.

Nosotros no hemos querido entender que la libertad también tiene un precio. Durante años hemos preferido delegarla, esperar que otros la consigan, que otros arriesguen y que otros hagan el sacrificio. Las marchas tuvieron participación importante, sí, pero siempre pudo haber sido muchísimo mayor. Las guarimbas, por el contrario, fueron sostenidas por grupos extraordinariamente pequeños frente a la magnitud del problema nacional. En una ciudad como Caracas, de millones de habitantes, proporcionalmente muy pocos estuvieron realmente dispuestos a asumir riesgos personales, a perder tranquilidad, a sacrificar comodidad o a comprometerse seriamente con la búsqueda de la libertad.

Mientras algunos muchachos, noche tras noche, se enfrentaban a pistolas, escopetas y armas largas del régimen con simples escudos de cartón, otros observaban desde la comodidad de sus casas esperando resultados. Y, peor aún, buena parte de la dirigencia política terminaba sentándose cómodamente a negociar o a coexistir con quienes sostenían el sistema, mientras esos jóvenes arriesgaban literalmente la vida en las calles. En aquel momento circuló una frase tan dura como dolorosamente cierta: aquellos escudos de cartón terminaron siendo mucho más resistentes que el honor de buena parte de nuestra clase política.

No se trata de glorificar irresponsablemente la violencia ni de afirmar que una salida militar hubiese sido sencilla o siquiera posible sin apoyos decisivos, particularmente dentro de las fuerzas armadas. Eso sería una simplificación absurda, pero sí debemos reconocer algo esencial: durante demasiado tiempo muchos venezolanos rechazaron incluso discutir seriamente opciones que implicaran mayor presión, mayor sacrificio o mayores costos, refugiándose únicamente en la esperanza de procesos electorales permanentemente manipulados o en la expectativa de que terceros resolvieran un problema que también era responsabilidad nuestra.

La libertad nunca ha sido gratis en ninguna parte del mundo. No lo fue en Normandía, no lo fue en América Latina y no lo será en Venezuela. La libertad exige esfuerzo, compromiso, sacrificio y, sobre todo, voluntad colectiva. Si toda la humanidad hubiese esperado siempre que "otros lo hicieran", probablemente todavía viviríamos en cavernas viendo cómo encender fuego golpeando piedras.

Los muchachos que desembarcaron en Normandía no eran mejores que nosotros ni eran superhombres. Tenían miedo, muchísimo miedo. La diferencia es que entendieron algo que nosotros todavía no terminamos de comprender: que la libertad no se mendiga, no se delega y no se regala. La libertad se conquista y también se defiende.

Porque aquellos jóvenes de 18 y 20 años que quedaron en las playas de Normandía jamás volvieron a casa, jamás abrazaron otra vez a sus madres, jamás formaron las familias que soñaban y jamás pudieron vivir las vidas que les habrían correspondido. Murieron para que otros pudiesen ser libres.

Ochenta y dos años después, la pregunta sigue siendo incómoda, pero necesaria: ¿queremos realmente ser libres o seguimos esperando que alguien más pague el precio por nosotros?

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