La estrategia de Trump: poder real versus poder nominal

23.07.2026

Donald Trump tiene clara una premisa que suele ignorarse en los debates políticos: remover a un líder no equivale a controlar un país. La experiencia estadounidense en Afganistán e Irak dejó una enseñanza contundente. Tras las operaciones militares, los regímenes que ejercían como gobierno en funciones cayeron con rapidez, pero el entramado real de poder —milicias, redes armadas, estructuras locales y economías paralelas— permaneció activo. El resultado fue un vacío de poder que derivó en insurgencia prolongada y fragmentación interna.

Este antecedente resulta clave para entender su aproximación al caso venezolano. Trump señaló en distintas oportunidades que María Corina Machado, pese a su respaldo popular, no contaba con una estructura interna suficiente para asumir el control efectivo del país en un escenario de transición abrupta, ni con un apoyo político sólido de todas las fuerzas existentes. La observación no apuntaba a simpatías personales, sino a una evaluación fría sobre capacidad operativa y control territorial.

En Venezuela no existe la fractura tribal de Medio Oriente, pero sí una red consolidada de grupos armados irregulares, estructuras parapoliciales y economías ilícitas que crecieron bajo el amparo del poder político. Esos actores no desaparecerían automáticamente con un cambio de liderazgo. Perderían privilegios y, previsiblemente, intentarían defenderlos. Una transición sin control efectivo del monopolio de la fuerza podría degenerar en enfrentamientos internos de gran escala.

Desde el período del interinato también surgieron dudas en el entorno de Trump sobre la cohesión y confiabilidad de la dirigencia opositora. En su momento señalé públicamente esas reticencias, lo que me valió críticas. Con el tiempo, sin embargo, el propio Trump y miembros de su entorno confirmaron en diversas entrevistas que existía desconfianza hacia la clase política venezolana, especialmente por la falta de una estructura real capaz de ejercer el poder y por las controversias surgidas en torno al manejo de recursos vinculados al interinato.

En política internacional, la confianza estratégica pesa tanto como la legitimidad moral. Para un gobierno extranjero que evalúa escenarios de transición no basta con que exista una figura carismática o ampliamente respaldada; es indispensable que exista capacidad de mando, organización interna y posibilidad real de imponer autoridad frente a actores armados.

Por eso, desde una lógica estrictamente estratégica, puede entenderse que se privilegien procesos graduales o negociados antes que una sustitución inmediata y total del aparato de poder. No se trata de simpatías ni de preferencias ideológicas, sino de evitar repetir errores que ya costaron años de inestabilidad en otros escenarios.

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