El leopardo no pierde sus manchas
11.10.2026

En memoria de Jorge Gil
Esta semana recibí una noticia que me entristeció profundamente. La esposa de un querido amigo me comunicó que había fallecido unos días antes. Su nombre era Jorge Gil, un argentino al que conocí en circunstancias extraordinarias y con quien mantuve una amistad que, aunque nunca pudimos volver a encontrarnos personalmente, sobrevivió a los años y a las distancias.
Conocí a Jorge en 2018, cuando conseguí escapar de Venezuela después de cuatro años como preso político. Él era diplomático argentino acreditado en Colombia y había recibido la misión de esperarme en Cúcuta, al otro lado de la frontera venezolana, para ayudarme a continuar mi viaje hacia la Argentina. Pero Jorge no se había limitado a esperar mi llegada. Había preparado un vehículo todoterreno y estudiado las rutas por las que podría ingresar a Venezuela sin pasar por los controles oficiales, por si algo salía mal y tenía que entrar a rescatarme. Afortunadamente, no fue necesario. Pude atravesar la frontera sin inconvenientes y encontrarme con él.
Nos acompañó a mi familia y a mí hasta la oficina de Migraciones de Colombia, donde surgió un problema. No habíamos sellado nuestros pasaportes al salir de Venezuela, porque presentarnos ante las autoridades venezolanas habría puesto en peligro toda la operación. Los funcionarios colombianos no querían autorizar nuestro ingreso sin ese requisito. Jorge presentó sus credenciales diplomáticas y solicitó hablar con el jefe de la oficina.
Cuando explicamos la situación, el funcionario preguntó si pretendíamos solicitar asilo en Colombia. Jorge se adelantó a responder que no, que la República Argentina se hacía cargo de mí y que solamente necesitábamos transitar por territorio colombiano para continuar nuestro viaje hacia Buenos Aires. Aquello resolvió el problema. Nos dieron la bienvenida y pudimos ingresar legalmente a Colombia.
Durante esas horas conversamos lo suficiente para comprender, sin que nada se dijese expresamente, que ninguno de los dos era exactamente lo que aparentaba. Él no era simplemente un diplomático, sino el responsable de inteligencia y seguridad de la embajada argentina. Yo tampoco era solamente un abogado que escapaba de una dictadura. Ambos teníamos experiencia en el mundo de la inteligencia y la seguridad, y hay cosas que quienes hemos trabajado en ese ámbito reconocemos sin necesidad de demasiadas explicaciones.
Después supe que había pertenecido a la Policía Federal Argentina. Él mismo me contó que era el funcionario más condecorado de la historia de esa institución. Había previsto alternativas para prácticamente todas las dificultades que podían presentarse. Incluso tenía estudiada una ruta terrestre hasta Bogotá, evitando zonas donde operaban grupos guerrilleros, por si no podíamos continuar el viaje en avión desde Cúcuta. Era evidente que estaba acostumbrado a planificar operaciones en las que la improvisación podía tener consecuencias graves.
Volvimos a encontrarnos brevemente dos días después, en Bogotá, el día de mi partida hacia Buenos Aires. Había regresado a la capital colombiana y quiso despedirse personalmente. Me comentó que aquella había sido una de las experiencias más curiosas e interesantes de su carrera diplomática: participar en la fuga de un perseguido político de una dictadura. No tuvimos mucho tiempo para conversar, pero aquel encuentro no sería el final de nuestra relación.
Desde entonces mantuvimos el contacto. Nunca volvimos a vernos personalmente, pero conversábamos con frecuencia. Compartíamos opiniones, análisis y apreciaciones sobre Venezuela, Colombia y la situación política regional. A él le interesaban especialmente mis interpretaciones de los acontecimientos venezolanos y de sus protagonistas, porque comprendía perfectamente cuánto podía influir la situación de Venezuela en Colombia. Habíamos descubierto que compartíamos una forma de observar y analizar los acontecimientos, producto de nuestras respectivas experiencias profesionales.
Con el tiempo, yo tuve que abandonar la Argentina y él regresó a su país, ya jubilado. Sin embargo, como se dice, el leopardo no pierde sus manchas. Ninguno de los dos había dejado realmente atrás ese mundo de análisis, información y evaluación de escenarios. Seguíamos conversando como lo habíamos hecho desde aquel primer encuentro en Cúcuta, intercambiando impresiones sobre acontecimientos, personajes y situaciones que despertaban nuestro interés.
No hace mucho me contó que lo habían convocado a una reunión en el despacho de Patricia Bullrich, entonces ministra de Seguridad de la República Argentina. Le pregunté si aquello podía estar relacionado con la reorganización del sistema de inteligencia. Me respondió que no lo sabía, pero que tampoco lo descartaba. Bromeando, le dije que se acordara de mí cuando estuviera en las alturas. Su respuesta fue que no me preocupara, porque ya había pensado que le gustaría que trabajásemos juntos.
Finalmente, aquello no se concretó. Su salud comenzaba a imponerle ciertas limitaciones y, aunque seguía conservando intacto su espíritu de servicio, tampoco estaba demasiado interesado en abandonar su jubilación. Me explicó que económicamente tenía poco que ganar, porque ya percibía la máxima jubilación posible, pero que si lo llamaban para servir nuevamente, aceptaría, porque a la Patria no se le dice que no cuando llama. Era una respuesta que decía mucho de su manera de entender el servicio.
Tiempo después debió someterse a una cirugía importante. Afortunadamente, se recuperó y me comentó que se encontraba mucho mejor. Continuamos conversando y haciendo planes para cuando yo regresase a la Argentina. Habíamos quedado en que viajaría a Córdoba, donde vivía, para pasar unos días en su casa. Queríamos sentarnos tranquilamente, sin apuros ni compromisos, a compartir todas aquellas anécdotas que nunca habíamos tenido oportunidad de contarnos personalmente. Había muchas cosas de las que podíamos hablar y otras tantas sobre las que seguramente habríamos preferido guardar silencio.
Esta semana su esposa me comunicó que Jorge había fallecido. Y comprendí que aquel viaje a Córdoba, tantas veces conversado, ya no sucederá.
He conocido a muchas personas a lo largo de mi vida. Algunas en circunstancias agradables y otras en situaciones que nadie desearía experimentar. Jorge apareció en uno de los momentos más difíciles de la mía, cuando todavía no sabía si conseguiría dejar definitivamente atrás la persecución y comenzar una nueva vida junto a mi familia. Llegó preparado para hacer lo que fuese necesario y cumplió su misión con una profesionalidad que nunca olvidé.
Pero, por encima del diplomático, del policía y del hombre de inteligencia, quiero recordar al amigo. Al hombre que, después de cumplir su misión, siguió interesado en mi vida, que compartió conmigo sus ideas y que durante años mantuvo abierta la invitación para volver a encontrarnos. No necesitábamos vernos frecuentemente para mantener una amistad que había nacido del respeto mutuo y de una experiencia que ninguno de los dos olvidaría.
Lamento profundamente su partida. Lamento no haber podido cumplir aquella promesa de visitarlo en Córdoba. Y, sobre todo, lamento que nos hayan quedado tantas conversaciones pendientes. Hay encuentros que uno posterga porque cree que siempre habrá otra oportunidad. A veces, lamentablemente, esa oportunidad no llega.
Descansa en paz, querido Jorge. Gracias por haber estado allí cuando más lo necesitaba. Gracias por tu amistad y por todos estos años de conversaciones compartidas.
El leopardo no pierde sus manchas. Y algunos hombres tampoco pierden jamás su vocación de servicio.