El día que los muertos se levantaron en la tierra de nadie

Uno de los soldados ingleses se asomó por lo alto del parapeto para ver las condiciones del terreno y considerar si podrían regresar a su trinchera. No deseaban volver a pelear pero sabían que tendrían que volver a sus líneas y posiblemente hacerlo, contra sus nuevos amigos. En eso vio una masa de ¿personas? que se hacer-caban caminando muy inestablemente. Entonces llamó a su nuevo amigo alemán:
—Fritz mira esto.
El alemán lo miró extrañado y entonces el inglés volvió a decirle
—Fritz —y le hacía señas para que se acercase rápidamente.
Varios ingleses y alemanes se acercaron a ver qué sucedía y vieron el extraño espectáculo de la masa de cuerpos que se acercaban. No era un ataque, porque caminaban muy lentamente, pero tampoco lo hacían de la manera como ellos mismos habían cruzado horas antes.
Pudieron ver que había uniformes mezclados tanto ingleses como alemanes, pero no eran los nuevos amigos, algo extraño muy extraño sucedía. Uno de los alemanes tomó su binoculares para observar más claramente y lo que vio le heló la sangre.
Pudo ver que quienes se acercaban tenían grandes heridas, manchas de sangre, los cuerpos mutilados, disparos en la cara. No podía entender cómo podían caminar, tenían que estar muertos. Entonces uno de los ingleses le pidió los binoculares y tuvo la misma imagen, pero aún más aterradora, porque de inmediato reconoció a uno de los que se acercaba. Pálido completamente dijo:
—No puede ser, es John.
Otro de los ingleses le dijo —¿qué John?
—Es John Reed, el cabo John Reed.
—No puede ser, si él murió hace dos días.
—Pues entonces toma esto y míralo, es él, está caminando.
El otro tomó los binoculares observando hacia donde le señalaba el primero y palideció, resbalándose desde el parapeto.
—Si, es él, pero él está muerto.
Entonces uno de los de los alemanes tomó en los binoculares y empezó a revisar bien a todos los que se acercaban, afortunadamente muy lentamente, por lo que le daban tiempo para tratar de entender lo que sucedía.
—Es Müller, Roland Müller, que camina hacia acá.
Otro de los alemanes le dijo —está muerto, ¿tú qué crees? ¿que los muertos resucitan?
—Idiota, sube a mirarlo, es Müller.
El otro subió tomó los inoculares y no logró pronunciar nada, su cara de terror era suficiente. A Müller le faltaba la mandíbula y tenía una enorme mancha de sangre en su pecho, pero era él, el mismo que había muerto dos días antes.
