Basta de Mesías
27.08.2026

Recientemente, María Corina Machado volvió a referirse a las futuras elecciones venezolanas. Preguntada sobre la posibilidad de que se celebrasen pero nuevamente se le impidiera participar como candidata, respondió: «Todo es posible. No sería la primera vez que me excluyen, pero los venezolanos no lo aceptarían».
No sé quién le otorgó la representación de todos los venezolanos para determinar de antemano qué aceptaríamos y qué no. Y precisamente ahí está el problema.
Venezuela ha tenido demasiados salvadores, demasiados caudillos y demasiados líderes aparentemente ungidos por la divina providencia para conducirnos hacia nuestro destino. Después de dos siglos de repetir la experiencia, quizás haya llegado el momento de preguntarnos si el problema no consiste precisamente en seguir esperando al próximo mesías.
El mesianismo político tiene una característica particularmente peligrosa: sustituye las ideas por la persona. Ya no importa qué propone el dirigente, cómo piensa gobernar, cuál es su concepción económica, qué límites reconoce al poder del Estado o qué instituciones pretende construir. La discusión termina reducida a una afirmación mucho más elemental: tiene que ser él. O ella.
La historia está repleta de dirigentes que terminaron convencidos de que representaban por sí mismos a su nación, su pueblo o su revolución. Mussolini, Hitler, Mao, Pol Pot, Saddam Hussein y Gaddafi fueron personajes radicalmente diferentes, surgidos de sociedades y circunstancias distintas. No los menciono para establecer una equivalencia entre ellos ni, mucho menos, entre ellos y ningún dirigente venezolano actual. Los menciono porque representan, en grados y contextos diferentes, una vieja enfermedad política: la identificación del destino de una nación con una persona.
Venezuela debería conocer perfectamente esa enfermedad.
Durante veintisiete años hemos sufrido las consecuencias de un movimiento construido alrededor de un hombre presentado como una figura providencial. Chávez no era simplemente un presidente para sus seguidores. Era el comandante, el conductor, el hombre indispensable. Después de muerto continuó apareciendo en paredes, consignas y discursos como si todavía gobernara desde alguna instancia superior.
¿Realmente queremos sustituir un mesianismo por otro?
El problema ni siquiera consiste en que María Corina Machado pueda ser candidata. Si cumple las condiciones legales que correspondan en unas elecciones verdaderamente libres, que participe. Que participen ella y todos aquellos que tengan derecho a hacerlo. Precisamente eso significa una elección.
El problema comienza cuando alguien pretende establecer que una elección solamente será aceptable si determinada persona puede participar, y además habla en nombre de todos los venezolanos para afirmarlo.
Una República no puede depender de una persona.
Y aquí llegamos al problema mucho más profundo que tenemos los venezolanos: seguimos pensando como seguidores cuando deberíamos comenzar a pensar como ciudadanos.
Un ciudadano no necesita un mesías. Necesita instituciones, leyes, límites al poder y gobernantes que puedan ser contratados y despedidos mediante elecciones. Un ciudadano no entrega un cheque en blanco porque alguien se declare opositor, revolucionario, libertador o salvador de la patria. Pregunta qué propone.
¿Cuál es su programa económico? ¿Qué tamaño debe tener el Estado? ¿Qué hará con PDVSA? ¿Cómo reconstruirá las Fuerzas Armadas? ¿Qué política fiscal aplicará? ¿Qué hará con las empresas públicas? ¿Cómo reconstruirá la Justicia? ¿Qué garantías ofrecerá a la propiedad privada? ¿Cuál será su política educativa? ¿Cómo piensa enfrentar la gigantesca destrucción institucional dejada por el chavismo?
Eso es elegir un gobierno.
Decir simplemente «es opositor» no significa absolutamente nada.
Lo mismo sostengo respecto de personas por quienes siento respeto. El capitán Juan Carlos Caguaripano merece ser liberado, reivindicado e indemnizado por los años que ha sufrido como preso político. Su sacrificio por Venezuela merece reconocimiento. Pero eso no significa que debamos entregarle automáticamente un cheque en blanco para gobernar.
Yo, por ejemplo, desconozco buena parte de sus ideas económicas y políticas. Si mañana descubriera que defiende un Estado gigantesco, una economía socialista o principios incompatibles con los míos, seguiría respetando su sacrificio y simultáneamente no votaría por él.
Eso es ciudadanía.
El problema de Venezuela no se resolverá encontrando al mesías correcto. Se resolverá cuando dejemos de necesitar mesías.
Tenemos que dejar de preguntar quién va a salvarnos y empezar a preguntar qué instituciones vamos a construir para que nadie tenga que salvarnos nunca más.
Durante demasiado tiempo hemos confundido liderazgo con caudillismo. Un buen dirigente puede ser indispensable en determinados momentos históricos. Churchill lo fue para Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial. Pero precisamente la grandeza institucional consiste en que, terminada la emergencia, el país continúa funcionando sin necesitar que ese dirigente sea eterno.
El gobernante democrático administra temporalmente un poder que pertenece a los ciudadanos. El caudillo considera que los ciudadanos forman parte del poder que le pertenece a él.
Esa diferencia parece pequeña. Es gigantesca.
Venezuela lleva aproximadamente dos siglos buscando hombres providenciales. Generales, doctores, comandantes y libertadores han prometido reiteradamente construir la nación definitiva. Y seguimos siendo un país subdesarrollado que, después de veintisiete años de chavismo, tendrá que reconstruir prácticamente todas sus instituciones.
Quizás sea hora de cambiar la fórmula.
No necesitamos otros veintisiete años siguiendo a un nuevo iluminado mientras esperamos descubrir si esta vez escogimos al mesías correcto.
Necesitamos ciudadanos capaces de exigir programas, resultados, instituciones y límites. Personas que puedan apoyar hoy a un dirigente y mañana retirarle su apoyo sin sentir que han traicionado una religión. Personas capaces de decir: estoy de acuerdo con usted en esto y radicalmente en desacuerdo en aquello.
Y dirigentes capaces de aceptarlo.
El día en que los venezolanos comprendamos que somos responsables individualmente de nuestra República, los ungidos comenzarán a quedarse sin feligreses.
Ese día quizás dejemos finalmente de buscar quién va a salvar Venezuela.
Y empecemos a salvarla nosotros.

Techos Rojos, Abismo Rojo
Una historia basada en hechos reales sobre el inicio de la decadencia venezolana y el nacimiento del régimen que terminaría llevando al país al abismo.
En Amazon: https://amzn.eu/d/0fIxWi0p
Asalto a la Cárcel
Tras la caída del chavismo, Venezuela debe recuperar sus cárceles del poder criminal. Una novela de acción trepidante sobre una misión que parece imposible: devolver al Estado el control de sus prisiones.
En Amazon: https://amzn.eu/d/0jkHRt6G
Si deseas tu ejemplar dedicado y autografiado, comunícate conmigo, para revisar el costo del envío