11 de septiembre de 2001: el día que cambió el mundo

11.09.2026
Hay acontecimientos históricos que solo comprendemos después de que han ocurrido. Mientras suceden, quienes los presencian apenas alcanzan a distinguir algunas piezas de algo cuyas dimensiones todavía desconocen.

El 11 de septiembre de 2001 fue uno de ellos.

Ese día tiene un capítulo propio en Techos Rojos, Abismo Rojo. Lo titulé «El día que cambió el mundo», porque eso fue exactamente lo que ocurrió. Pero no quise contarlo desde la perspectiva que tenemos hoy, después de veinticinco años, sino desde aquella mañana en la que nadie sabía todavía qué estaba sucediendo.

Marcos Loup tampoco.

Un avión acaba de estrellarse contra una de las Torres Gemelas


Aquella mañana Marcos se encuentra en la Dirección de Inteligencia visitando al coronel Germán Garay Gil. Acaba de terminar su etapa en prisiones y ambos están conversando sobre lo ocurrido allí cuando entra en el despacho el teniente Piotr Sokolowsky.

Trae una noticia que, en ese momento, parece simplemente terrible: Un avión de pasajeros acaba de estrellarse contra una de las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York. La primera reacción es pensar en un accidente.

Marcos recuerda inmediatamente otro episodio histórico. En julio de 1945, un bombardero B-25 Mitchell se estrelló accidentalmente contra el Empire State Building. Había niebla y el piloto descendió en el lugar equivocado. Pero algo no encajaba. La navegación aérea de 2001 no era la de 1945. Que un avión comercial terminara accidentalmente contra una de las Torres Gemelas resultaba difícil de explicar. Todavía no tenían respuestas.

Y entonces apareció el segundo avión.

«Uno es accidente, dos…»


Marcos y el coronel Garay continúan conversando mientras mantienen un televisor encendido para seguir las noticias. En determinado momento aparece una imagen del impacto de un avión contra una torre.

Marcos observa algo extraño.

Ya hay humo.

Entonces comprende que no están viendo una repetición del primer impacto.

Es otro avión.

La posibilidad del accidente prácticamente desaparece en ese instante.

Dos aviones comerciales estrellándose contra las dos torres del World Trade Center ya no podían explicarse razonablemente como una coincidencia. Alguien estaba atacando a los Estados Unidos y estaba utilizando aviones civiles como armas.

Garay llama inmediatamente a Sokolowsky. Los tres llegan a la misma conclusión. Terrorismo. Y la conversación cambia por completo.

Cuando todavía nadie sabía quién había sido


Esta es probablemente la parte que más me interesa de aquel capítulo.

Hoy sabemos quién organizó los atentados del 11-S, conocemos a Al Qaeda, sabemos quién era Osama bin Laden, conocemos las guerras de Afganistán e Irak y podemos estudiar más de dos décadas de consecuencias. Ellos no.

En ese momento solo tienen delante imágenes de televisión y algunas noticias fragmentarias. Por eso comienzan a hacer exactamente lo que hace un equipo de inteligencia cuando todavía no posee suficiente información: separar lo que sabe de lo que puede deducir.

Los aviones habían sido secuestrados. Quienes los pilotaban aparentemente no tenían intención de sobrevivir. Eso reducía el universo de organizaciones capaces de realizar una operación semejante. Hacía falta encontrar personas dispuestas a morir deliberadamente durante el ataque, y eso exigía una motivación particularmente intensa.

Sokolowsky plantea la posibilidad de un grupo fundamentalista islámico y recuerda antecedentes de ataques contra objetivos estadounidenses.

La hipótesis parece lógica.

Pero Garay introduce inmediatamente una diferencia fundamental: una conclusión lógica sigue siendo una hipótesis mientras no exista información que la confirme.

Así que da la orden de buscarla.

La siguiente pregunta era Venezuela


En aquel despacho había ocurrido algo aparentemente insignificante frente a la enormidad de lo que estaba sucediendo en Nueva York: tres hombres habían comprendido que acababan de presenciar el comienzo de algo mucho mayor.

Si aquello era un ataque terrorista contra los Estados Unidos, habría una respuesta. La cuestión ya no era solamente saber quién había atacado. Había que preguntarse qué haría Estados Unidos cuando identificara al responsable y, después, algo mucho más cercano: ¿Cómo podía afectar aquello a Venezuela?

Esa es la perspectiva desde la cual entra el 11-S en Techos Rojos. No como un episodio aislado de la historia estadounidense, sino como un acontecimiento capaz de alterar el tablero internacional sobre el que también se estaba moviendo Venezuela.

«Esto va a traer cola»


Después de salir de la Dirección de Inteligencia, Marcos visita al coronel Pérez Sifontes. Naturalmente, la conversación termina regresando a la noticia del día.

Las conclusiones siguen siendo preliminares, pero empiezan a coincidir: probablemente se trata de terrorismo fundamentalista islámico y Estados Unidos responderá militarmente.

Marcos recurre entonces a una de esas comparaciones históricas que utiliza constantemente a lo largo de Techos Rojos: Pearl Harbor. No porque ambos ataques fueran iguales, sino por una consecuencia que podía anticiparse. Atacar directamente a una potencia de semejante capacidad significaba desencadenar una respuesta cuyas dimensiones podían superar enormemente las del ataque inicial.

Todavía no sabían dónde sería. Todavía no sabían contra quién. Pero resultaba difícil imaginar que no llegaría.

Una conversación durante la cena


Esa noche Marcos cena con Aída. El televisor vuelve a estar encendido. Ella le pregunta si la noticia lo ha impresionado tanto como parece.

Marcos le responde que aquello es de extrema gravedad y que, de alguna manera, implicará un gran cambio para la humanidad. Aída le pregunta si realmente cree que llegará tan lejos.

Sí.

Estados Unidos había sufrido una agresión directa, con miles de víctimas y con civiles como objetivo. La respuesta, en opinión de Marcos, sería inevitable. Y probablemente significaría una guerra.

Pero había otra frase en aquella conversación que explica por qué decidí llamar así al capítulo. Venezuela no iba a ser invadida como consecuencia del 11-S. Sin embargo, las repercusiones de lo que acababa de ocurrir terminarían alcanzando a todo el mundo.

Veinticinco años después sabemos cuánto. Contar la historia sin conocer el final Hay algo particular en escribir una novela basada en acontecimientos reales que uno mismo vivió. El escritor conoce el final. El personaje no.

Cuando escribí este capítulo tuve que devolver a Marcos al 11 de septiembre de 2001 y quitarle todo lo que hoy sabemos. No podía conocer todavía las respuestas que llegarían después. Solo podía mirar aquellas imágenes, reunir la escasa información disponible y tratar de comprender qué estaba sucediendo.

Poco después llegaría Afganistán. Llegarían nuevas guerras, nuevas alianzas, nuevas amenazas y una transformación profunda de la seguridad internacional. También cambiarían las relaciones entre países que aparentemente estaban muy lejos de Nueva York.

Pero aquella mañana nada de eso había ocurrido todavía. Solo había un avión contra una torre. Después apareció el segundo. Y en ese instante comenzó a quedar claro que aquello ya no era un accidente.



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